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El impacto del Sistema Nacional Anticorrupción en la disminución de la impunidad

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La corrupción representa uno de los problemas más persistentes para las instituciones públicas en México. Sus efectos no se limitan al uso indebido de recursos o al enriquecimiento ilícito de algunos funcionarios; también afectan la calidad de los servicios públicos, debilitan la confianza en las autoridades y pueden profundizar desigualdades que ya existen en la sociedad. Cuando un acto de corrupción no recibe una respuesta institucional, el problema va más allá del caso concreto: transmite la idea de que las reglas pueden ser ignoradas sin consecuencias.

En este contexto surgió el Sistema Nacional Anticorrupción (SNA), creado a partir de una reforma constitucional de 2015 y desarrollado mediante un conjunto de reformas legales que comenzaron a implementarse en los años siguientes. Su propósito no fue crear una nueva fiscalía ni concentrar en una sola institución todas las funciones relacionadas con la corrupción, sino establecer un mecanismo de coordinación entre distintas autoridades encargadas de prevenir, detectar, investigar y sancionar responsabilidades administrativas y hechos de corrupción.

La pregunta que sigue siendo relevante es si este modelo ha conseguido reducir la impunidad. La respuesta no es sencilla. El SNA ha construido herramientas, políticas y mecanismos de coordinación que antes no existían de la misma manera, pero transformar esas estructuras en resultados concretos —investigaciones eficaces, sanciones y, cuando corresponde, sentencias— sigue siendo uno de los principales desafíos del sistema.

Una de las dificultades para evaluar sus resultados consiste precisamente en que la corrupción no puede medirse únicamente por el número de personas sancionadas. También es necesario observar si las instituciones son capaces de detectar irregularidades, intercambiar información, identificar patrones, recuperar recursos, prevenir nuevas conductas y conseguir que las investigaciones avancen hasta las instancias correspondientes. Por esta razón, el propio SNA ha desarrollado un Sistema de Seguimiento y Evaluación aprobado en 2024, cuyo propósito es generar evidencia sobre los avances de la política anticorrupción y sus resultados a nivel federal, estatal y municipal.

El diseño institucional del SNA parte de una idea importante: la corrupción difícilmente puede combatirse desde una sola oficina. Las auditorías pueden detectar irregularidades, los órganos internos de control pueden iniciar procedimientos administrativos, las fiscalías pueden investigar posibles delitos y los tribunales pueden determinar responsabilidades dentro de sus respectivas competencias. El problema aparece cuando estas piezas no funcionan de manera coordinada. Una irregularidad detectada en una auditoría, por ejemplo, puede perder fuerza si la información no llega oportunamente a la autoridad que debe investigarla o si el procedimiento posterior no cuenta con los recursos necesarios para avanzar.

La coordinación, de hecho, continúa siendo uno de los temas centrales de la agenda anticorrupción. En 2025, la Secretaría Ejecutiva del Sistema Nacional Anticorrupción reportó que 31 entidades federativas ya contaban con una Política Estatal Anticorrupción aprobada y que existían programas de implementación en distintas entidades. También se había avanzado en la interconexión de la Plataforma Digital Nacional, con 938 municipios conectados a por lo menos uno de sus sistemas al cierre de 2024.

Este último punto es particularmente relevante porque una de las dificultades históricas para detectar actos de corrupción ha sido la fragmentación de la información. Los datos sobre declaraciones patrimoniales, contrataciones públicas, servidores sancionados y otros registros suelen encontrarse en instituciones diferentes. La Plataforma Digital Nacional busca facilitar el intercambio y cruce de esa información, de manera que las autoridades puedan identificar posibles inconsistencias y patrones que difícilmente serían visibles si cada institución trabajara de forma aislada.

Sin embargo, disponer de información no garantiza por sí mismo que exista una investigación eficaz. El verdadero reto comienza cuando una irregularidad es detectada. A partir de ese momento se necesitan instituciones con personal capacitado, recursos suficientes, herramientas de investigación y autonomía para actuar sin presiones políticas. También se requiere que los procedimientos respeten las garantías jurídicas de las personas involucradas, porque combatir la corrupción no significa prescindir del debido proceso.

La impunidad, por tanto, no puede explicarse únicamente por la falta de leyes. México cuenta actualmente con un entramado jurídico e institucional considerable en materia anticorrupción. El problema está también en la capacidad de las instituciones para aplicar esas normas de manera consistente. Una legislación sofisticada pierde eficacia cuando las investigaciones se prolongan indefinidamente, cuando los expedientes no están correctamente integrados, cuando existen deficiencias técnicas o cuando las autoridades responsables no cuentan con las condiciones necesarias para actuar.

Otro elemento importante es la dimensión política. Los casos de corrupción suelen involucrar recursos públicos, contratos, decisiones administrativas y relaciones entre actores con distintos niveles de poder. Por ello, las instituciones encargadas de investigar y sancionar deben contar con condiciones que les permitan actuar con independencia e imparcialidad. Cuando la ciudadanía percibe que algunas personas son investigadas mientras otras quedan fuera de cualquier escrutinio debido a su posición política o económica, la confianza en el sistema se deteriora.

Esto no significa que todos los casos de corrupción que no terminan en una sentencia sean necesariamente producto de interferencias políticas. Una investigación puede no prosperar porque no existen pruebas suficientes, porque los hechos no configuran un delito o porque se presentan problemas jurídicos durante el procedimiento. Precisamente por eso, evaluar la impunidad exige analizar toda la cadena institucional y no únicamente contar cuántas personas fueron condenadas.

También es importante distinguir entre responsabilidad administrativa y responsabilidad penal. No toda conducta irregular constituye un delito. Algunas pueden generar sanciones administrativas, mientras que otras pueden dar lugar a una investigación penal. Esta diferencia es fundamental porque cada procedimiento tiene autoridades, requisitos y consecuencias distintas. Simplificar todos estos casos bajo la idea de que “corrupción equivale a cárcel” puede generar una percepción equivocada sobre cómo funciona realmente el sistema de justicia.

A pesar de sus dificultades, sería incorrecto afirmar que el SNA no ha producido avances. Además de la construcción de políticas nacionales y estatales, se han desarrollado herramientas de seguimiento y evaluación que buscan medir de manera más sistemática los resultados de la política anticorrupción. En 2026, por ejemplo, la SESNA continúa trabajando con indicadores nacionales y con mecanismos para evaluar la implementación de las políticas estatales, pasando de revisar únicamente si los instrumentos existen formalmente a analizar su capacidad real de ejecución, seguimiento y evaluación.

Este cambio es importante porque una política pública no debería evaluarse únicamente por el número de leyes aprobadas, instituciones creadas o documentos publicados. La verdadera prueba está en su capacidad para modificar las condiciones que permiten que la corrupción ocurra. Si una institución detecta irregularidades pero no consigue que estas sean investigadas, o si existen sanciones pero no se recuperan los recursos afectados, el sistema necesita revisar dónde se encuentra la falla.

También existe una dimensión social que no debe dejarse de lado. El combate a la corrupción no depende exclusivamente de fiscales, jueces, auditorías o instituciones administrativas. La participación ciudadana, el periodismo de investigación, las organizaciones de la sociedad civil y los mecanismos de denuncia pueden ayudar a detectar irregularidades y mantener el tema en la agenda pública. Para que esta participación sea efectiva, sin embargo, es necesario que quienes denuncian cuenten con mecanismos adecuados de protección y que sus señalamientos sean investigados con seriedad.

La prevención ocupa igualmente un lugar central. Sancionar después de que el daño ocurrió es necesario cuando existe una responsabilidad acreditada, pero prevenir las condiciones que facilitan la corrupción puede resultar todavía más importante. Esto implica mejorar los controles internos, transparentar las contrataciones públicas, reducir espacios de discrecionalidad, fortalecer la profesionalización del servicio público y utilizar herramientas tecnológicas que permitan detectar operaciones o comportamientos atípicos.

En este sentido, el futuro del SNA dependerá menos de la creación de nuevas estructuras y más de la capacidad para hacer funcionar de manera efectiva las que ya existen. El reto consiste en lograr que la información circule, que las instituciones colaboren, que las investigaciones tengan resultados y que las sanciones sean aplicadas cuando corresponda, sin importar la posición política, económica o social de las personas involucradas.

Después de varios años de funcionamiento, el Sistema Nacional Anticorrupción no puede considerarse una solución definitiva al problema de la corrupción en México, pero tampoco sería correcto reducirlo a un fracaso. Su principal aportación ha sido construir un modelo de coordinación y desarrollar herramientas que permiten enfrentar el fenómeno desde diferentes frentes. El problema es que la existencia de estas herramientas no garantiza automáticamente que la corrupción disminuya ni que desaparezca la impunidad.

La pregunta, entonces, quizá deba plantearse de una manera diferente. Más que preguntarnos únicamente cuántas personas han sido sancionadas, habría que preguntarnos si las instituciones mexicanas están adquiriendo la capacidad necesaria para detectar la corrupción a tiempo, investigarla correctamente y generar consecuencias cuando las responsabilidades quedan acreditadas. El propio SNA ha comenzado a desarrollar mecanismos para medir esos resultados de una manera más amplia.

La lucha contra la corrupción no se resuelve únicamente con castigos más severos. Requiere instituciones capaces, información accesible, controles efectivos, investigaciones profesionales y una ciudadanía que pueda vigilar el uso de los recursos públicos. El desafío para México consiste en lograr que todo ese entramado institucional deje de funcionar como piezas separadas y se convierta realmente en un sistema capaz de prevenir, detectar y sancionar la corrupción.

En última instancia, reducir la impunidad significa conseguir que cometer un acto de corrupción deje de ser una apuesta en la que las probabilidades de enfrentar consecuencias parecen demasiado bajas. El verdadero éxito del Sistema Nacional Anticorrupción no estará solamente en la cantidad de mecanismos que haya creado, sino en su capacidad para lograr que las reglas funcionen de manera cotidiana y que la corrupción deje de encontrar espacios donde desarrollarse con relativa facilidad. Ese es, probablemente, el desafío más importante que todavía tiene México frente a este fenómeno.

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