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Cuando el delito se sienta a jugar: criminología de las apuestas bajo sospecha

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La primera noche, Mike perdió una cantidad considerable frente a una máquina de casino. La segunda ocurrió lo mismo. La tercera pidió la cuenta con la serenidad de quien termina un café: no reclamó, no golpeó la pantalla, no intentó recuperar el dinero. Guardó su tarjeta, miró el teléfono y se fue. La cuarta noche ganó. Cualquier jugador habría celebrado. Mike observó el premio, su expresion no era la mejor. Por primera vez, el azar no había obedecido.

Yo estaba por ahí revisando expedientes de cumplimiento. Entre el sonido de las máquinas un dia entendí por qué en esos lugares no hay relojes ni ventanas: nadie parece necesitarlos. El tiempo se diluye entre luces, bonos y voces en el sonido local que anuncian una fortuna casi siempre ajena en los sorteos. A unos metros, varias personas festejaban como si la máquina pudiera escucharlas. Muchos eran adultos mayores que habían encontrado ahí un pasatiempo , una rutina o, quizá, una terapia en una de las mejores formas de no pensar en hospitales y medicamentos, parecían entusiasmados. Todo parecía normal. Ese era precisamente el problema.

En un casino, perder dinero no sorprende. Nadie inicia una investigación porque un jugador tuvo mala suerte. Puede ser entretenimiento, impulsividad, ludopatía o simplemente la decisión de alguien con recursos suficientes para asumir la pérdida sin remordimientos. Sin embargo, Mike no se comportaba como quien había perdido. Tampoco como quien había ganado. Parecía cumplir una instrucción.

La Criminología no se limita a preguntar quién realizó una conducta; también busca las condiciones que permitieron que ocurriera, se repitiera y, sobre todo, pareciera ordinaria. Cohen y Felson explicaron, desde la teoría de las actividades rutinarias, que para comprender el delito deben observarse la oportunidad, el objetivo y la eficacia de la vigilancia. Un casino tiene cámaras por todas partes y personal de seguridad, pero una cámara sólo registra lo visible: quién entró, quién cargó crédito, cuánto apostó y cuándo cobró. No graba el origen del dinero. Tampoco el acuerdo previo ni la finalidad oculta de una operación.

Vista por separado, cada visita de Mike tenía una explicación. La primera pérdida podía atribuirse al azar; la segunda, a la insistencia; la tercera, a la mala fortuna. Incluso su disgusto al ganar podía parecer un gesto extraño y nada más. Pero cuando se compararon los registros, los horarios y los movimientos, aquella suma de casualidades dejó de parecer casual, y se volvió causal.

Mike no apostaba al azar. Sus pérdidas coincidían con la presencia de otras personas que llegaban a horas semejantes. Algunas entraban juntas y, una vez dentro, fingían no conocerse. Las cantidades se repetían con pequeñas variaciones. También se repetían los tiempos, las llamadas y ciertos movimientos posteriores. Ningún dato aislado demostraba un delito. Reunidos, empezaban a contar una historia.

Así trabaja la Criminología Financiera: lee secuencias que, a primera vista, parecen operaciones comunes. El dinero nunca llega con una etiqueta que revele su procedencia. Puede entrar en un establecimiento lícito, convertirse en fichas o crédito de juego, circular entre distintas operaciones y reaparecer acompañado de una explicación aparentemente aceptable. La sospecha no siempre nace del acto individual, sino del patron de conductas que debemos analizar. Una apuesta es una apuesta; varias operaciones coordinadas, fraccionadas y carentes de una explicación económica razonable

pueden responder a una finalidad distinta.
El Grupo de Acción Financiera ha advertido las vulnerabilidades de los casinos frente al lavado de dinero y al financiamiento al terrorismo. La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito también ha documentado cómo, en Asia oriental y el Sudeste Asiático, ciertos casinos y operadores de junkets se han integrado en estructuras de banca clandestina y criminalidad transnacional. Esto no convierte al juego en una actividad delictiva ni permite suponer que todo movimiento inusual es lavado. Revela algo más incómodo: una actividad legítima puede ser aprovechada por quien conoce sus reglas y sabe dónde están sus puntos ciegos.

Mike había encontrado uno. En un lugar construido para que la gente pierda, perder no llama la atención. La prevención situacional del delito, desarrollada por Ronald V. Clarke, parte de una idea práctica: ciertas conductas disminuyen cuando aumenta el esfuerzo para ejecutarlas, crece el riesgo de detección, se reducen las recompensas y desaparecen las excusas. En un casino, esa lógica exige conocer al cliente, relacionar operaciones, conservar información, identificar al beneficiario controlador cuando corresponda y detectar comportamientos incompatibles con el perfil de quien juega.

Pero el delincuente económico también estudia. Calcula los controles, mide los costos y estima la posibilidad de ser descubierto. Si una operación resulta demasiado visible, la modifica. Si un umbral provoca una revisión o la presentación de un Aviso que piden las reglas de Operación de Lavado de Dinero, puede fragmentarla. Si una sola persona concentra los movimientos puede distribuir las funciones con otras personas. Por eso, un sistema de cumplimiento limitado a marcar casillas en un reporte puede producir un expediente impecable y, al mismo tiempo, dejar intacta la operación criminal. El papel esta en orden. El dinero, no necesariamente.

En México, los actos u operaciones vinculados con juegos con apuesta, concursos y sorteos están incluidos en el artículo 17, fracción I, de la Ley Federal para la Prevención e Identificación de Operaciones con Recursos de Procedencia Ilícita como Actividades Vulnerables, bajo los supuestos y umbrales previstos por la propia norma. La reforma publicada el 16 de julio de 2025 amplió y fortaleció diversas obligaciones del régimen preventivo. Esa regulación permite identificar clientes o usuarios, conservar documentación y presentar avisos cuando legalmente corresponda, hay disposiciones que cada vez requieren información más detallada que los sujetos obligados deben cumplir. Sin embargo, la existencia de una alerta administrativa no resuelve, por sí misma, la cuestión penal.

El artículo 400 Bis del Código Penal Federal no sanciona a una persona por entrar en un casino, apostar grandes cantidades o perder de manera extraña. Para atribuirle operaciones con recursos de procedencia ilícita deben acreditarse las conductas y los elementos que exige el tipo penal, incluido el conocimiento sobre la procedencia ilícita de los recursos y, cuando corresponda, la finalidad de ocultar o pretender ocultar, encubrir o impedir conocer su origen, localización, destino o propiedad, o de alentar alguna actividad ilícita. Una alerta no es una sentencia. Una tipología no sustituye al tipo penal. Una conducta inusual, por sí sola, no prueba el dolo.

Esa diferencia fue decisiva cuando la investigación llegó hasta una mujer de nombre Rebecca. Aparecía en las grabaciones de varias noches, pero nadie había reparado en ella porque nunca apostaba. No cargaba crédito, no cobraba premios y su nombre no figuraba en los movimientos que despertaron las primeras sospechas. Parecía una acompañante más. Sin embargo, siempre estaba presente en los momentos precisos. Rebecca hablaba con personas que fingían no conocerse, comunicaba cantidades, confirmaba horarios y se retiraba después de comprobar que ciertas operaciones se hubieran realizado. Mike era visible porque tocaba el dinero. Ella era importante porque conectaba a quienes lo movían.

La Criminología de redes permite comprender esa diferencia. Dentro de una estructura, el poder no siempre pertenece a quien ejecuta más actos materiales, sino a quien distribuye información y hace posible la cooperación.

Para el Derecho Penal es indispensable determinar qué ha hecho cada persona, qué es lo que conoce, cuál ha sido su aportación y bajo qué forma de intervención puede atribuírsele el hecho.

He aprendido a través de mi experiencia algo elemental cuando se trata de una investigación: si sólo se observa la mano que ejecuta, puede quedar fuera la mente que organiza.

Fue entonces cuando aquella antigua máxima adquirió sentido: causa causae est causa causati, la causa de la causa es causa de lo causado.

No es una fórmula para condenar a cualquiera que aparezca remotamente en la cadena. La causalidad no sustituye la imputación penal y la sospecha no releva de probar el dolo, la intervención y los demás elementos exigidos por la ley. La máxima sirve para volver la mirada hacia el origen. Obliga a no detenerse en la última operación, en la persona que cobró o en el nombre impreso en un comprobante. La pregunta cambia: ¿quién inició el movimiento, quién creó el riesgo, quién lo administró y quién esperaba beneficiarse del resultado?

La escena del crimen tampoco terminaba frente a la máquina. Estaba en los registros de acceso, en las coincidencias horarias, en las comunicaciones, en las cuentas y en los comprobantes. La Criminalística reconstruía lo sucedido. La Criminología explicaba por qué el escenario había facilitado su repetición. El Derecho Penal debía decidir si los hechos probados encuadraban en una norma y podían atribuirse a una persona. Las tres disciplinas observaban la misma historia, pero formulaban preguntas distintas.

Meses después, los investigadores regresaron a las imágenes de la primera noche. Mike había perdido. Durante mucho tiempo, ese pareció el dato menos importante. Después de todo, en un casino alguien tiene que perder. Sólo entonces comprendieron que quizá nunca había intentado vencer al azar. La pérdida no era el fracaso de la apuesta, sino una pieza de una operación más amplia. La conducta extraña se convirtió en indicio; la repetición mostró el patrón, y el patrón condujo hasta la persona que mantenía unida la estructura, esa mujer de nombre Rebecca.

En el casino, las luces seguían encendidas. Las máquinas celebraban premios y nadie miraba el reloj y Mike tampoco. Ya no hacía falta. La casa había vigilado cada apuesta, cada movimiento y cada cobro. Sin embargo, durante varias noches no advirtió lo esencial: Mike no estaba jugando contra la máquina. Estaba usando la derrota para borrar la historia del dinero y regresarlo a la calle con una apariencia nueva, con una explicación distinta de su verdadero origen, el casino.

Porque la apuesta más peligrosa no es la que arriesga una fortuna, sino la que intenta borrar su origen.

 

Referencias

  • Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión. Ley Federal para la Prevención e Identificación de Operaciones con Recursos de Procedencia Ilícita, texto vigente, artículo 17, fracción I, y reforma publicada en el Diario Oficial de la Federación el 16 de julio de 2025.
  • Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión. Código Penal Federal, texto vigente, artículo 400 Bis.
  • Financial Action Task Force. Guidance on the Risk Based Approach for Casinos.
  • Financial Action Task Force. Vulnerabilities of Casinos and Gaming Sector.
  • United Nations Office on Drugs and Crime. Casinos Money Laundering Underground Banking and Transnational Organized Crime in East and Southeast Asia A Hidden and Accelerating Threat. 2024.
  • Cohen, Lawrence E., y Marcus Felson. Social Change and Crime Rate Trends A Routine Activity Approach. American Sociological Review. 1979.
  • Clarke, Ronald V. Situational Crime Prevention Successful Case Studies. Harrow and Heston.
  • Sutherland, Edwin H. White Collar Crime. Dryden Press.

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