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El poder punitivo en México: del estado de derecho al estado de excepción permanente

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En Estados Unidos, el segundo mandato de Donald Trump ha abierto una crisis institucional sin precedentes: la desobediencia de fallos judiciales, los ataques personales a jueces federales y la exigencia de su destitución constituyen una forma de “testear los límites” del Estado de Derecho. En México, sin embargo, ese proceso de descomposición institucional está ocurriendo a plena luz del día, bajo un ropaje de legitimidad popular.

La intención de elegir jueces y magistrados por voto popular en 2025, sumada a la narrativa presidencial que los acusa de ser “corruptos”, “traidores” o “enemigos del pueblo”, ha colocado al Poder Judicial mexicano en una posición de vulnerabilidad crítica. Pero esto no es un conflicto entre poderes más: se trata de una mutación profunda del Poder Punitivo, que ha dejado de ser una herramienta legal para convertirse en una tecnología de dominación política.

De la violencia fundacional al castigo como performatividad

Walter Benjamin distinguió dos formas de violencia: la mítica, que funda el derecho, y la divina, que lo destruye. El derecho penal mexicano se construyó históricamente sobre la primera: una violencia legitimada por el Estado para mantener el orden. Sin embargo, lo que observamos hoy es una transición hacia una violencia de tipo divino, arbitraria, simbólica, destinada a eliminar opositores y purificar el poder.

Michel Foucault advirtió que el castigo dejó de centrarse en el cuerpo para disciplinar la conducta. En México, el castigo punitivo ahora se ejerce de forma discursiva y mediática: no se busca la reinserción del culpable, sino su destrucción simbólica. Se “castiga” desde la conferencia mañanera, en redes sociales, en las filtraciones periodísticas y en la máquina del linchamiento moral.

El enemigo público como figura del sacrificio

René Girard explicó que toda comunidad necesita un chivo expiatorio: alguien que cargue con la violencia acumulada para restablecer el equilibrio social. En el nuevo orden penal mexicano, los jueces, ministros, periodistas, empresarios o activistas son convertidos en figuras sacrificiales. El derecho deja de protegerlos y los entrega a la furia pública.

La justicia se transforma así en rito político, como también lo advirtió Hannah Arendt: el castigo deja de tener una función racional y se vuelve rutina burocrática. No se castiga para corregir, sino para ejecutar una voluntad de poder.

Estado de excepción permanente y soberanía punitiva

Giorgio Agamben denunció que las democracias modernas han instaurado estados de excepción permanentes, donde el orden jurídico puede suspenderse sin declararlo formalmente. El individuo criminalizado queda convertido en nuda vida: alguien a quien se puede castigar sin garantías.

En México, el Ejecutivo ha asumido el papel de soberano schmittiano: quien decide a quién se le aplican las leyes y a quién no. Las decisiones de jueces que no convienen al gobierno se descalifican; los procesos penales se utilizan como venganza selectiva. Lo jurídico se subordina a lo político.

Simulacro, control y castigo

Jean Baudrillard y Guy Debord vieron venir el tiempo del simulacro: cuando las instituciones ya no funcionan, pero simulan que funcionan. El castigo penal en México se ha convertido en un acto hiperreal, en el que lo importante no es si hay delito o sentencia, sino si hay escándalo, captura mediática y efectos políticos inmediatos.

David Garland habló de una nueva cultura del control, donde la justicia penal sirve más para administrar riesgos que para impartir justicia. En México, eso significa elegir a qué enemigos combatir, cuándo, cómo y con qué intensidad.

Conclusión: El abismo frente a nosotros

El Poder Punitivo en México está dejando de ser un sistema de garantías para convertirse en una lógica de soberanía, exclusión y simulacro. No estamos frente a una reforma judicial, sino ante una mutación del castigo como herramienta de dominación política.

Quien controle el castigo, controlará el orden simbólico de la república.

Y si ese castigo ya no responde al derecho, sino a la voluntad de una sola voz, entonces ya no hay justicia, solo espectáculo, ritual y miedo.

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