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Impenitente…

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Recientemente, el 17 de octubre de 2026, la Comisión Nacional de Tribunales Superiores de Justicia de los Estados Unidos Mexicanos por sus siglas CONATRIB, fue expulsada de la Unión Internacional de Magistrados (UIM).

Fue, por no hacer lo suficiente contra la reforma judicial mexicana, que sustituye la meritocracia por jueces seleccionados por votación, lo que “(…) es simplemente una aberración sin paliativos; es una operación destinada a sustituir al juez tercero por un juez comisario (…).”

Cierto es que los representantes de la UIM no utilizaron el adjetivo de cobardes, sino formas diplomáticas, como hacer alusión a conformismo o falta de firmeza.

La independencia judicial no se negocia, si se tiene que negociar, no es independencia. No es legítimo mercar políticamente con un principio jurídico.

No puede haber candidatos buenos en un sistema que no reconoce la meritocracia. No hay ningún juez que se pueda considerar bueno en la santa inquisición, ni en la época del nazismo, por más buena onda que fueran en lo personal.

Hay un imperativo categórico, todos, pero más los penalistas, de defender la independencia judicial y si no lo hacen, el juicio histórico puede – debe recaer sobre ellos.

La historia del derecho —como de la humanidad— es cíclica. Muchos hechos se repiten, con matices distintos, pero se repiten. Lo que ocurre hoy suele ser reflejo de lo que ya sucedió… o de lo que está ocurriendo en otro lugar.

Hace algunas décadas, Adolf Hitler lanzó una advertencia que luego cumplió:

“Podemos asegurarles que, si el nacionalsocialismo llega al poder, los jueces serán despedidos sin pensión.”

Y así fue. En 1935, el poder judicial alemán fue destruido instaurándose el Tribunal del Pueblo, presidido por Roland Freisler, quien —desde 1942— encabezó una maquinaria judicial al servicio del régimen.

Ya con los nuevos jueces, se sepultó el principio de legalidad
nullum crimen, nulla poena sine lege —ningún crimen, ninguna pena sin ley previa— que era y es un estorbo para la necesaria flexibilidad de toda autocracia.

Dicho principio garantista fue sustituido por dos nociones centrales del pensamiento jurídico-político de Carl Schmitt: el Führerprinzip (principio del líder) y la Volksgemeinschaft (comunidad del pueblo).

El Führerprinzip sostenía que el Führer —Adolf Hitler— encarnaba la voluntad suprema del pueblo alemán. Por lo tanto, su palabra y sus decisiones tenían fuerza legal además de ser el único y mesiánico intérprete del pueblo.

Por su parte, la Volksgemeinschaft postulaba que el derecho debería servir para proteger y fortalecer la unidad racial y cultural del pueblo alemán. Bajo esta lógica, se justificó la exclusión sistemática de quienes eran considerados “enemigos” o elementos “indeseables”: judíos, gitanos, opositores políticos, entre otros y, dicho principio, dio sustento ideológico a la ley de Núremberg como a la institucionalización de medidas represivas contra toda forma de disidencia.

Se afirmó que no era la ley escrita la que debía prevalecer, sino el llamado sano sentimiento del pueblo alemán. Ese supuesto mandato popular —difuso, manipulable y sin control normativo— se convirtió en la brújula interpretativa del sistema jurídico nazi.
Como era de esperarse y así lo dijo Karl Linz:

“Hoy son pocas las cosas buenas que se pueden esperar para la justicia; más bien, todo indica que vendrán nuevos ataques y nuevas luchas para asegurar la existencia de un derecho y una jurisprudencia independientes (…)”.

Y el pronóstico se cumplió, como lo demuestra —entre muchos otros— el caso del grupo Rosa Blanca, juzgado por el Tribunal del Pueblo. Allí, jueces del nacionalsocialismo, amparados en el principio del sano sentimiento del pueblo alemán, violaron abiertamente el principio de taxatividad penal en un juicio-espectáculo.

Reclamar libertad y difundir panfletos fue considerado un acto de alta traición y, esa acusación, bastó para imponer la pena de muerte. Así fueron condenados Hans Scholl (24 años), Sophie Scholl (21 años), Christoph Probst (23 años), Alexander Schmorell (25 años), Kurt Huber (49 años) y Willi Graf (25 años).
El ataque directo a la justicia mediante el reemplazo arbitrario de jueces de carrera, no sirve, nunca ha servido ni servirá para fortalecer el Estado de Derecho. De hecho, va precisamente en sentido contrario, es el camino directo a las autocracias.
Tras el colapso del régimen nazi, Carl Schmitt fue calificado como obstinadamente impenitente, por su negativa persistente a retractarse o mostrar el más mínimo indicio de arrepentimiento. Incluso después de 1945, continuó defendiendo su visión del derecho, en la que el poder prevalece sobre la norma y la excepción sobre la regla.

La obstinación impenitente —esa decisión consciente de sostener lo que se sabe erróneo— habita en figuras del pasado, pero también sobrevive en el presente. Se disfraza de convicción ideológica inquebrantable, se adapta, persiste y vuelve a reflejarse una y otra vez, como un eco que niega extinguirse.

Precisamente escribiendo de reflejos —y de reflejos de reflejos— trata la novela Der Spiegel im Spiegel: Ein Labyrinth (El espejo en el espejo: un laberinto) de Michael Ende, donde reúne una colección de cuentos que actúan como espejos unos de otros, creando un universo en el que se desdibujan los límites entre el sueño, la realidad y el arte.

Cada relato presenta a personajes atrapados en situaciones enigmáticas: un pintor que nunca termina su obra, un hombre que habita un mundo sin horizonte, un viajero que busca un sentido que parece imposible de alcanzar. Las historias, aparentemente inconexas, sin una secuencia temporal o causal, están unidas por una atmósfera común: el constante cuestionamiento existencial.

El libro, fiel a su título, es un verdadero laberinto de espejos: cada cuento refleja, distorsiona o amplifica a otro, como si se observaran desde ángulos distintos en una sala infinita de interpretaciones. Propone que tanto la vida como el arte son procesos interminables de autorreflexión, donde cada mirada abre la posibilidad a una nueva lectura.

El espejo en el espejo ofrece respuestas abiertas, un viaje donde hay infinidad de reflejos y da esperanza que no todas las historias tienen que terminar igual.

Un espejo muestra lo que se pone frente a él: personas, objetos, ideas. Si un texto está al revés, el espejo lo invierte y lo hace legible. Si dos espejos se enfrentan y alguien se sitúa entre ellos, surge el reflejo del reflejo del reflejo… en una cadena infinita que, según el ángulo, puede distorsionar la imagen original —a veces mejorándola, otras empeorándola.

Los espejos no mienten, devuelven lo que se coloca frente a ellos. Y, en ese acto, —el de observarse— puede comenzar la transformación; pero claro está, sí y solo sí, se tiene conciencia de ello y se tiene la inteligencia de abandonar la obstinación impenitente.

Entonces, pese a la masacre constante del Estado de Derecho, aún queda aliento —un aliento con suspensión de respiración y cargado de potencial— como en El espejo en el espejo, donde cada reflejo abre otra posibilidad. Nada está terminado.

La CONATRIB fue expulsada de la UIM por no defender la independencia judicial, pero hay quienes no se rinden y, esa resistencia, ese hacer lo correcto, produce un reflejo que puede resultar en algo distinto. Uno que no repita la distorsión. Uno donde, por fin, se mire en el espejo y el reflejo repita: la independencia judicial no se negocia.

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