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LA VIOLENCIA Y LA MUJER EN TODOS SUS ENTORNOS (PARTE I)

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Por Liliana Baltazar Samayoa Pimentel

En diversas situaciones hemos escuchado hablar acerca de la violencia y abordar ese tema en general no siempre es fácil, porque que vamos a encontrar distintas formas de apreciación en las personas que nos rodean.

Vamos a testificar un choque cultural enorme, una separación abismal entre las generaciones y la idea que tengamos de la violencia, es más, cuando te preguntan ¿Qué es la violencia? Todos tenemos respuestas muy diferentes y en la mayoría de los casos se da como una representación de lo que hemos vivido, de lo que tenemos conocimiento o como una idea que hemos concebido.

Conforme avanza el tiempo y nos adentramos a diversas culturas, podemos ver que la violencia se manifiesta de diversas formas. No olvidemos que seguimos evolucionando día con día y esto nos obliga a seguir analizando e investigando las diferentes maneras en que se transforma la violencia, el cómo se va desarrollando y cuáles son las consecuencias de su manifestación.

El poder apreciar, a lo largo de la línea del tiempo, estos aspectos que podríamos considerar como sucesos comunes, hoy en día la humanidad ha evolucionado y toma consciencia de la otra cara de la moneda porque cada vez somos más empáticos con las emociones y reconocemos los derechos de las personas en que recae la violencia.

Sin darle muchas vueltas al asunto recordaremos que años atrás se violentaban a personas ofreciéndolos como esclavos y era una actividad común y completamente lícita, fue así por muchos años y esas transacciones formaron parte de las costumbres de la sociedad de aquellas épocas.

En la actualidad es una práctica soterrada que se oculta en la clandestinidad o disfrazado en los “usos y costumbre,” sin embargo es una esclavitud “moderna” que engloba, entre otros, los matrimonios y los trabajos infantiles forzados.

El seguir investigando y persiguiendo estos delitos tienen el mismo fin, que es generar formas de prevención y castigo, pero también de promover una cultura de cambio, en esas comunidades, destacando los aspectos éticos y morales que se comprometen con su práctica.

La violencia es la fuerza o abuso de poder que intencionalmente es usada para imponer algo o dominar y puede llevarse a cabo de diversas maneras, la primera que se nos vendría a la mente es la fuerza física que es usada para dañar a alguien o la violencia verbal que cotidianamente se utiliza para desacreditar a otra persona e incluye el silencio que utilizamos para permitir que se violente a otras personas.

Las modalidades más conocidas de cometer la violencia, es en el ámbito doméstico o familiar cuando una persona persiste en ejercer poder sobre su pareja para controlarla. Dentro del abuso familiar se puede presentar la violencia de manera física, sexual, psicológica, emocional o financiera.

También se presenta en burocracia o en la función pública cuando la ejercen servidores públicos en contra de particulares o empleados públicos. En casos extremos se utilizan armas o la fuerza física cuando quienes la ejercen desempeñan tareas en seguridad pública o en las fuerzas armadas.

En el ámbito del empleo se comete mediante el acoso laboral como una expresión de poder por parte del personal jerárquico que goza de una posición de mando de cualquier tipo y la ejecuta de manera directa o indirecta (amenazas, intimidación, maltratos, menosprecio, insultos, inequidad salarial y acoso sexual, etc.).

Una de las formas de violentar a las mujeres es vulnerando su derecho de acceso a la información para decidir libre y responsablemente si quiere o no tener hijos, el número de embarazos o intervalos entre cada nacimiento. Otra de las maneras en que se puede expresar es mediante la prohibición de usar preservativo u otros métodos, cuando la pareja debiese tomar una decisión conjunta respecto de que método han de utilizar.

Este tipo de violencia se identifica con el derecho o la libertad reproductiva y suele ser de las más comunes en algunas entidades del país, porque la mujer no tiene acceso a la información. Aún más, la decisión de procrear la posee el hombre, incluyendo a los padres cuando “arreglan “los matrimonios de sus hijos o determinan lo que han de recibir a cambio de la entrega de sus hijas, generalmente menores de edad.

La imagen social de las mujeres y los hombres no son iguales, las prácticas sociales refuerzan estereotipos y roles de género, en el que las mujeres asumen roles e interpretan papeles secundarios y dependientes, en el que realizan tareas domésticas y sexualmente son cosificadas. En esas sociedades la mujer no es vista como una protagonista a la que se le reconozca libertad, independencia y su capacidad creativa.

Los medios de comunicación también participan en la violencia a la mujer cuando en las notas promueven la explotación de mujeres o su imagen, porque es inequívoco que este tipo de enfoque sexualizado es una forma de discriminar, difamar, humillar y atentar contra su integridad a través de estereotipos, signos y valores que refuerzan la dominación, desigualdad y la discriminación de la mujer mostrándola como un objeto lascivo y concupiscente.

¿Has escuchado hablar de la violencia política contra las mujeres?

La falta de presencia femenina en puestos directivos y de decisión es un fenómeno presente en la vida pública no obstante la cuota de género en materia electoral. También se advierte que algunos gobiernos designan a mujeres en altos para crear una falsa idea de que se reconoce su capacidad. Esto lo advertimos cuando la funcionaria es desplazada en la toma de decisiones porque su jefe se resiste a renunciar a esa invasión de poder.

“Los prejuicios y los actos de discriminación contra las mujeres son una realidad y hacen eco en los distintos ámbitos de la vida privada y de la vida pública. Este problema no es esporádico o aislado, sino que representa una situación estructural, así como un fenómeno social y cultural arraigado en costumbres y formas de pensar fundadas en una cultura de desigualdad de género que arruina la vida de muchas mujeres, fractura comunidades y paraliza el desarrollo” (Burgorgue-Larsen Laurence y Úbeda de Torres, 2010).

En la educación escolar no necesariamente se prepara a la mujer para aspirar y asumir cargos directivos porque estamos enraizados en una cultura que promueve la desigualdad de género y no nos permite salir de ese pozo profundo representado por la masculinidad.


Liliana Baltazar Samayoa Pimentel

Psicóloga y abogada.

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