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Migración, refugio y derechos humanos

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El desplazamiento humano no es un fenómeno contemporáneo. Desde la aparición del homo sapiens, ir y venir era natural, una necesidad: buscar alimento, refugio, protección. Así fue como el hombre se extendió por África, luego llegó a Europa, Asia, Australia y finalmente a América.

Así, la migración, en general, surgió con el propio hombre, es un fenómeno antiguo que se repite con variable frecuencia e intensidad a lo largo de la historia.

Las primeras migraciones fueron en busca de alimento, agua y protección. Posteriormente, los grandes movimientos migratorios tuvieron sus causas en invasiones, conquistas, éxodos, cambios estacionales, persecuciones, esclavitud, guerras, sobrepoblación de determinadas regiones, entre otras.

Motivos similares caracterizan a las migraciones actuales: globalización, cuestiones demográficas en determinados países o regiones, violación de derechos, desempleo, desorganización de las economías tradicionales, persecución, discriminación, desigualdad, xenofobia. Por no hablar de las guerras, el terrorismo, la persecución política, ideológica y religiosa, las actuales catástrofes medioambientales.

Esto ha obligado a un número inimaginable de seres humanos a buscar refugio en otros estados. Según la ONU, hoy en día hay más de 108 millones de refugiados en el mundo, más de la mitad de los cuales son niños. Las personas arrojan sólo lo que les queda, su vida, en busca de un refugio seguro.

Así, si bien la gran movilización de pueblos no representa nada nuevo en la historia de la humanidad, en las últimas décadas las migraciones forzadas han escapado a toda lógica, y han expuesto el drama individual y colectivo de miles de seres humanos ante la sociedad internacional.

Las noticias nos informan diariamente de estas tragedias humanas que comienzan a incorporarse a la vida cotidiana y se vuelven normales y aceptables frente a tantos otros acontecimientos internacionales. Los muertos, los desaparecidos, se convierten en nada más que datos estadísticos. Es la trivialización de la tragedia, la degradación del hombre, el menor valor de la vida humana.

Junto a esta tragedia inconmensurable, hay quienes aprovechan el momento y avanzan hacia el terreno de sus peores intereses, y actuando en beneficio propio revelan la peor cara del ser humano. Según la ONU, el mundo tiene hoy más de 27 millones de esclavos, el doble que en el año 1800. La trata internacional de personas para esclavitud sexual, trabajos forzados, extracción de órganos o tejidos, uso de gestaciones subrogadas, matrimonios forzados y tantas otras cosas inimaginables, rindieron más de 32 mil millones de dólares a organizaciones criminales internacionales en 2017.

Los países que reciben inmigrantes pueden, en ejercicio de su soberanía, deportarlos, no aceptarlos y enviarlos de regreso a sus países de origen. Olvidan que, por su propia naturaleza, todo hombre es un inmigrante. 

Después de las grandes tragedias del siglo XX, logramos avances relativos: después de la Segunda Guerra Mundial, la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948), aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, reconoce que toda persona tiene derecho a ir, venir y permanecer; la Convención sobre los Refugiados (1951);  Reconoce el derecho de otros países a la protección cuando son objeto de persecución; la Convención de las Naciones Unidas sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migratorios y de sus familiares (1990); pero volvemos a tiempos difíciles, tiempos oscuros. 

El pragmatismo, la competencia, la violencia, el desempleo no dejan lugar a la solidaridad. La verdad es que después del 11 de septiembre se estableció una nueva crisis civilizatoria. Los propios derechos humanos se flexibilizan, la libertad y la intimidad se violan en nombre de la seguridad, se establecen nuevos paradigmas y un tsunami de conservadurismo alimentado por el miedo barre a la gente. Todo esto tiene un impacto profundo en el derecho, que pasa a ser utilizado como base de la soberanía de los Estados, la xenofobia, el poder, el conservadurismo.

El movimiento migratorio cada vez más intenso es un fenómeno irreversible de los tiempos modernos. Esto requiere una disciplina que, por un lado, permita el acceso a estas personas necesitadas y, por otro lado, preserve los intereses de las comunidades ya establecidas.

La vida de los migrantes requiere un paso, un lugar. Y es en este sentido que podemos hablar de la percepción de los demás como seres humanos. Necesitamos más leyes humanitarias, que traten a los inmigrantes como conciudadanos del mundo, con derechos universales garantizados, de acuerdo con la política internacional de Derechos Humanos y sistemas de responsabilidad por la violación de estas normas.

La paz, la solidaridad y la justicia sólo prevalecerán si reconocemos a otros seres humanos como seres humanos.

Clovis Gorczevski: 

Doctor en Derecho por la Universidad de Burgos. Postdoctorado por la Universidad de Sevilla y por la Universidad de La Laguna. Profesor de la Universidad de Santa Cruz do Sul – UNISC.

Correo electrónico: clovisg@unisc.br

Micheli Piucco:

Doctora en Derecho por la Universidad de Santa Cruz do Sul – UNISC, con un período sándwich en la Universidad de Burgos – España (PDSE/CAPES).  Abogada y Profesora de la Universidad de Passo Fundo-RS. Fue visitante Profesional en la Corte Interamericana de Derechos Humanos – Costa Rica.

Correo electrónico: micheli.piucco@hotmail.com

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