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La mantis en Cincinnati: El juego del litigio/Cartas a un joven litigante

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Hay escenas pequeñas que, sin proponérselo, terminan explicando un oficio entero.

Durante una jornada del Cincinnati Open, en medio del ruido de las gradas, del golpe seco de las raquetas, de los desplazamientos veloces de los jugadores y de esa particular tensión que acompaña al tenis profesional, apareció una mantis.

No hacía nada espectacular.

No corría.

No atacaba.

No parecía siquiera interesada en el espectáculo que ocurría a su alrededor.

Permanecía quieta.

Y, sin embargo, precisamente en esa quietud estaba ocurriendo todo. La mantis no estaba distraída. Estaba observando.

Su inmovilidad no era ausencia de acción, sino preparación. No era pasividad, sino cálculo. No era temor, sino disciplina.

Entonces pensé en el litigio.

El abogado joven suele creer que litigar consiste en intervenir permanentemente. Hablar. Objetar. Repreguntar. Recurrir. Contradecir. Interrumpir. Dejar constancia. Formular solicitudes. Mostrar actividad. Como si el buen litigante fuera aquel que jamás permanece en silencio.

Con los años uno descubre exactamente lo contrario. Una parte esencial del litigio consiste en saber esperar. La mantis ofrece una lección formidable al abogado: no todo movimiento mejora una posición.

En ocasiones, moverse demasiado revela la estrategia.

En otras, una intervención precipitada permite al adversario corregir un error que quizá habría sido mucho más útil dejar crecer.

Hay preguntas que no deben formularse.

Hay objeciones que no conviene presentar.

Hay discusiones que no merecen librarse.

Hay contradicciones del testigo que deben guardarse algunos minutos antes de ser utilizadas.

Y hay silencios que producen más daño que cualquier discurso.

El litigante experimentado empieza a comprender que la audiencia no es una sucesión de oportunidades para hablar, sino una sucesión de decisiones sobre cuándo hacerlo. Esa diferencia es enorme.

Hablar es una capacidad.

Callar estratégicamente es una disciplina.

La mantis permanece quieta porque conoce algo que el litigante también debería aprender: la energía es limitada.

En una audiencia extensa ocurre exactamente lo mismo.

La concentración se agota.

La atención del juez disminuye.

Los argumentos pierden fuerza cuando todos parecen igualmente importantes.

Un abogado que combate cada detalle termina convirtiendo todo en ruido.

La estrategia exige jerarquía.

No todas las batallas tienen el mismo valor.

Un litigante debe preguntarse permanentemente:

¿Esto modifica realmente la decisión?

¿Esta contradicción afecta la credibilidad?

¿Esta objeción protege una cuestión probatoria importante?

¿Este argumento merece ocupar la atención del juez?

¿O simplemente estoy interviniendo porque puedo hacerlo?

La diferencia entre esas dos actitudes separa muchas veces al abogado técnicamente competente del verdadero estratega.

En el tenis profesional ocurre algo parecido:

El jugador extraordinario no golpea todas las pelotas buscando un winner.

Construye el punto.

Desplaza al adversario.

Observa.

Espera.

Reconoce una pelota corta.

Entonces ataca.

Desde afuera puede parecer que el punto se decidió en el último golpe pero en realidad comenzó varios golpes antes. El litigio funciona de manera semejante.

Una buena pregunta de contrainterrogatorio rara vez nace en el instante en que se formula.

Ha sido preparada por la declaración anterior.

Por un documento.

Por una contradicción.

Por una pausa.

Incluso por preguntas aparentemente inocentes.

El litigante construye el punto.

Después aparece la oportunidad.

Y entonces golpea.

Pero para reconocer ese instante es necesario haber observado. Quizá por eso uno de los errores más frecuentes en litigación consiste en llegar a la audiencia demasiado enamorado del propio libreto.

El abogado prepara preguntas, argumentos y teorías, y después intenta imponerse a la realidad pero la audiencia siempre contiene algo imprevisible.

Un testigo responde de manera inesperada.

El fiscal abandona una línea argumentativa.

El juez formula una pregunta reveladora.

Un documento adquiere un significado distinto.

El adversario comete un error.

Quien está obsesionado con ejecutar su plan puede no advertirlo.

La mantis no tiene un discurso preparado.

Tiene atención y quizá esa sea una de las facultades más importantes del litigante: estar presente.

Escuchar verdaderamente.

Observar los gestos.

Detectar vacilaciones.

Advertir cambios en el lenguaje.

Reconocer qué argumento interesa al juez y cuál comienza a fatigarlo.

La técnica jurídica sigue siendo indispensable, sin conocimiento del derecho procesal, probatorio y sustancial, la intuición se convierte fácilmente en improvisación pero la técnica sola tampoco basta.

Existe una inteligencia del litigio que solamente aparece cuando el abogado aprende a leer la escena.

Los grandes litigantes parecen muchas veces tranquilos, no porque carezcan de intensidad, todo lo contrario, están intensamente atentos. Pero esa intensidad ocurre hacia adentro, no necesitan demostrar permanentemente que están litigando. Esa serenidad puede resultar desconcertante para el adversario, porque quien habla demasiado suele revelar sus preocupaciones, quien protesta constantemente muestra dónde le duele el caso, quien se precipita permite anticipar sus movimientos. La quietud, en cambio, conserva información.

También existe una dimensión ética en esta forma de litigar.

El proceso penal no debería convertirse en un escenario teatral donde cada intervención busca exhibir al abogado. Detrás del expediente existen personas.

Hay libertad.

Hay reputación.

Hay víctimas.

Hay familias.

Hay decisiones judiciales capaces de transformar una vida.

Por eso la intervención del defensor debería tener siempre una finalidad.

No hablar para ser visto.

Hablar cuando sea necesario defender.

No objetar para demostrar conocimiento.

Objetar cuando la regla probatoria o la garantía procesal lo exijan.

No prolongar una discusión para demostrar carácter.

Terminarla cuando ya se ha dicho lo suficiente.

La sobriedad también es una forma de respeto por el proceso.

Recuerdo entonces nuevamente aquella mantis en Cincinnati, tan pequeña frente al enorme escenario deportivo. Alrededor había miles de personas, cámaras, jugadores profesionales, jueces, música y movimiento. Ella permanecía inmóvil. Pero nadie que conozca mínimamente a una mantis confundiría esa quietud con indefensión.

Sabemos que está preparada.

Sabemos que observa.

Sabemos que espera.

Y sabemos también que, cuando aparezca la oportunidad, actuará con una velocidad extraordinaria.

Tal vez ese sea un buen ideal para quien comienza a litigar.

No convertirse en el abogado que más habla.

Ni en quien formula más objeciones.

Ni en quien presenta más recursos.

Sino en aquel que comprende mejor el momento.

Hay una elegancia particular en la intervención precisa.

La pregunta correcta.

La objeción indispensable.

El documento oportuno.

La pausa necesaria.

El argumento final que llega exactamente cuando debe llegar.

Todo lo demás puede ser ruido.

Litigar bien exige conocimiento, preparación y carácter.

Pero también exige algo que rara vez aparece en los manuales:
quietud.

La capacidad de permanecer atento mientras otros se apresuran.

La disciplina de no revelar una estrategia antes de tiempo.

La humildad de reconocer que no toda oportunidad aparente merece ser utilizada.

Y la inteligencia de distinguir el instante en que finalmente hay que actuar.

Aquella mañana en Cincinnati la mantis no me enseñó nada nuevo sobre insectos, me recordó algo mucho más importante sobre el oficio:

Primero observe.

Después calcule.

Y solamente entonces actúe.

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