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Analizando la radicalización desde las falacias y la polarización social

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La semana pasada y derivado de mi tesis doctoral, estuve escuchando varios podcasts, en el que participaba David Saavedra, siendo El Sentido de la Birra y el canal de Claudia Nicolasa en Youtube. En la primera, el coloquio se presenta como un conversatorio con otros profesionales sobre radicalización y polarización desde una dimensión emocional, subrayando ideas como la vulnerabilidad, la creación de un enemigo común, el poder reconfortante del odio y la dificultad de abandonar entornos donde la pertenencia se vuelve una necesidad psicológica. En la segunda, el foco se sitúa en cómo una persona aparentemente “normal” puede terminar convencida de que la violencia y la supremacía son caminos legítimos, abordando el proceso desde una mirada psicológica. No interesa aquí citar textualmente esas entrevistas ni convertirlas en un caso cerrado, sino tomarlas como punto de partida o como referencia para pensar un problema más amplio, siendo el cómo se radicaliza una mente, cómo se endurece una identidad y cómo una sociedad empieza a perder la capacidad de conversar.
Es importante destacar, que la radicalización no aparece de súbita o repentinamente, donde el joven —o no tan joven— amanece radical. No suele ser una puerta que se cruza en un instante, sino un proceso de cierre progresivo, en la que se estrecha la mirada, se reducen los matices, se simplifica el mundo y se transforma el desacuerdo en amenaza. La radicalización, entendida de forma general, puede describirse como la adopción creciente de creencias extremas o absolutizadas; la radicalización violenta, en cambio, aparece cuando esas creencias incorporan la aceptación, justificación, apoyo o uso de la violencia para fines políticos, ideológicos, religiosos o sociales. Es importante diferenciar, que una persona puede tener ideas radicales, incómodas o profundamente críticas sin ser llegar a ser violenta. Es decir, el problema democrático no es la existencia de ideas fuertes, sino la conversión de la violencia en herramienta legítima.
La radicalización violenta ha sido definida académicamente como un proceso que implica legitimar o asumir la violencia como mecanismo para alcanzar objetivos políticos, sociales, religiosos o de otra índole. Esto importa porque desplaza la discusión desde la etiqueta hacia el mecanismo. No basta con preguntar “¿qué ideología tiene alguien?” sino más bien una serie de preguntas como: ¿qué relación establece con la violencia? ¿qué hace con el supuesto enemigo? ¿qué tipo de comunidad refuerza sus creencias? y así un sinfín de preguntas. El fanatismo aparece justamente cuando la pasión por una idea deja de convivir con la autocrítica, que se caracteriza por una defensa extrema e irracional de una causa, persona o creencia, impermeable a argumentos o pruebas que puedan cuestionarla. En sus versiones más intensas, el fanatismo convierte la identidad en una trinchera de batalla. Es decir, no se tienen ideas, se es la idea; no se debate con el otro, se combate contra él. Siempre está intrínseco el “nosotros contra ellos”.
Las causas de estos procesos no son únicas. Es decir, no hay una receta única, la cual sea la misma para todos. Los factores que impulsan el extremismo violento suelen dividirse entre condiciones estructurales —como falta de oportunidades, marginación, discriminación, mal gobierno, violaciones de derechos humanos, conflictos prolongados o radicalización en prisión— y motivaciones personales o relacionales, como agravios, victimización, distorsión de creencias, liderazgo y redes sociales. Dicho de una forma más sencilla, nadie se radicaliza solo por pobreza, solo por ideología, solo por internet o solo por rabia. Lo habitual es una mezcla de heridas personales, pertenencias rotas, relatos de agravio, comunidades que validan el resentimiento y discursos que ofrecen una explicación total del mundo.
En ese terreno entra la gran y famosa polarización, la cual llevamos unos años escuchando continuamente en las noticias. La polarización social y política no es simplemente que existan diferencias; las diferencias son normales, incluso necesarias en el día a día. Una sociedad sin desacuerdo sería una sociedad sin libertad y sin expresión. Además, nos ayuda a analizar en cómo podemos mejorar tanto individual, como colectivamente. Sin embargo, la polarización se vuelve peligrosa cuando la diferencia deja de ser una posición y pasa a ser una identidad moral cerrada. Leyendo la obra del Dr. Mariano Torcal «De votantes a hooligans: La polarización política en España» la polarización afectiva la describe como una forma de polarización en la que predominan el favoritismo hacia el propio grupo y el desprecio hacia el grupo rival. Ya no se trata solo de pensar distinto, sino de sentir rechazo, distancia social, intolerancia, falta de respeto y emocionalidad negativa exacerbada hacia quienes pertenecen al otro campo. Por lo que se genera un quiebre aún más grande por rechazar todo lo que no sea semejante a nuestros pensamientos.
La polarización afectiva construye el “nosotros contra ellos” con materiales cotidianos. Primero selecciona un agravio: “nos están quitando algo”, “nos quieren silenciar”, “se burlan de nosotros”, “ellos controlan todo”. Luego se buscan culpables, como puede ser una élite, una minoría, un partido, una generación, una clase social, una institución o cualquier grupo que se estime conveniente. Después moraliza la diferencia entre esos colectivos “nosotros defendemos la verdad; ellos destruyen la sociedad”. Finalmente se deshumaniza al “otro”, con definiciones como: el otro ya no es un ciudadano equivocado, sino una amenaza, un traidor, una plaga, un enemigo. Y cuando alguien deja de ser visto como persona, se abre la puerta a justificar contra él acciones que antes nos parecían impensables. No hace falta con ponerse un true crime para entender, que para atacar, destruir o legimitar una persona, se basa en deshumanizar al otro o víctima. No siempre hablamos de violencia física; también hay violencia simbólica, reputacional, institucional o digital. Pero todas comparten una misma raíz: la pérdida del reconocimiento del otro como interlocutor legítimo.
Esto impacta en el día a día de nuestra vida. La polarización afectiva no se queda en el parlamento, en los medios de comunicación o en redes sociales. Entra en la mesa familiar, en el trabajo, en la universidad, en las amistades y hasta en las relaciones de pareja ¿Quién no ha escuchado que alguien ha dejado de hablar con alguien por diferencias ideológicas? Hay equipos laborales donde se evita cualquier conversación difícil por miedo a ser etiquetado. Hay estudiantes que confunden incomodidad intelectual con daño personal. Hay ciudadanos que ya no preguntan “¿qué razones tienes?”, sino “¿de qué lado estás?”. Así, el diálogo se transforma en examen de pureza. Cada palabra se convierte en señal de pertenencia. Cada matiz parece sospechoso. Y a más de uno, acaba condicionando su respuesta, para evitar conflictuar, que te etiqueten e incluso, que te rechacen. No vale la pena entender el contexto, sino que el resto del “mundo” piense igual que tú, sabiendo que nos auto percibimos como “seres de luz”.
También se ha deteriorado la discusión entre quienes piensan parecido. Ese punto es importante. No solo hemos perdido capacidad de dialogar con quienes piensan distinto; también hemos perdido libertad para disentir dentro del propio grupo. En ambientes polarizados, el grupo exige uniformidad. Quien introduce matices es acusado de tibio o de flojo. Quien reconoce un error propio es tratado como traidor. Quien concede una parte de razón al adversario es expulsado simbólicamente. Así se produce una paradoja social: grupos que dicen defender la libertad terminan castigando la libertad interna de pensamiento. La polarización no solo levanta muros hacia afuera; también instala vigilancia hacia adentro.
Los liderazgos políticos, mediáticos y sociales tienen una gran responsabilidad en esto, aunque no conviene reducir el fenómeno a individuos concretos. Muchos liderazgos descubrieron que la dicotomía moviliza más que la complejidad. Es más rentable decir “patriotas contra enemigos”, “pueblo contra corruptos”, “libertad contra tiranía”, “orden contra caos” o “progreso contra atraso” que explicar los dilemas reales de una sociedad plural. El falso dilema simplifica el mundo y produce adhesión emocional inmediata. Pero esa eficacia comunicacional tiene un costo para la sociedad, que acostumbra a la ciudadanía a pensar en blanco y negro. Y cuando el blanco y negro se vuelven hábito moral, la democracia pierde su zona más fértil, en el que los grises donde se negocia, se corrigen y se convive.
Aquí aparecen las falacias lógicas. Una falacia no es simplemente una mentira, ni una opinión que no nos gusta. Es un razonamiento defectuoso que puede parecer convincente, pero que no justifica adecuadamente su conclusión. En la teoría de la argumentación, las falacias se entienden como argumentos no razonables que violan criterios de buena argumentación, como claridad, relevancia o suficiencia. Son peligrosas porque no siempre suenan absurdas. Muchas veces suenan bien. Son frases rápidas, memorables o emocionalmente satisfactorias. Justamente por eso funcionan tan bien en contextos polarizados.
La falacia ad hominem es una de las más frecuentes. Consiste en atacar a la persona en lugar de responder al argumento. En la conversación pública actual aparece cuando alguien dice: “No escuches esa idea porque quien la dice pertenece a tal grupo”, “esa opinión no vale porque viene de alguien de derecha o de izquierda”, “no puede hablar de ética porque una vez hizo algo cuestionable”. Por supuesto, la trayectoria de una persona puede ser relevante en ciertos contextos, pero no reemplaza el análisis del argumento. Una idea puede ser verdadera, aunque la diga alguien antipático, y puede ser falsa aunque la diga alguien admirable.
El falso dilema es otra herramienta central de la polarización. Presenta dos opciones como si fueran las únicas: “o estás conmigo o estás contra mí”, “o apoyas esta medida completa o quieres destruir el país”, “o aceptas todo el programa o eres enemigo del pueblo”. Esta falacia empobrece la imaginación política porque elimina terceras vías, soluciones mixtas, reformas graduales o acuerdos parciales. En sociedades complejas, casi nunca hay solo dos caminos. Pero el falso dilema tiene una ventaja emocional y ¿Qué significa eso? Pues que nos ahorra pensar. Nos permite pertenecer rápidamente a un bando.
La generalización apresurada también abunda. A partir de un hecho aislado o de un ejemplo viral, se concluye algo sobre todo un colectivo: “una persona de ese grupo cometió un delito, por tanto, todos son peligrosos”; “un político fue corrupto, por tanto todos los de su sector lo son”; “alguien dijo una barbaridad en redes, por tanto toda esa generación piensa así”. La falacia es seductora porque convierte anécdotas en un diagnóstico. Y en tiempos de redes sociales, donde un video de quince segundos puede parecer representación del mundo entero, la generalización apresurada se vuelve una fábrica de prejuicios y que alimentará nuestros sesgos, rabias y odios.
La apelación a la emoción tampoco es necesariamente inválida; las emociones son parte legítima de la vida moral. El problema surge cuando la emoción reemplaza por completo la razón. Un mensaje que solo busca indignar, asustar o humillar puede movilizar, pero no necesariamente ilumina. La retórica del miedo suele decir “si no actuamos ahora, todo se perderá”; la retórica del odio afirma: “ellos no entienden razones”; la retórica de la humillación insisten que “nos han pisoteado y debemos responder”. En algunos contextos, estas emociones pueden ser comprensibles. Pero cuando se usan para suspender la deliberación, dejan de ser señales morales y se transforman en instrumentos de manipulación.
El sesgo de confirmación se conecta con todo esto. No es exactamente una falacia formal, sino una tendencia cognitiva: buscamos, recordamos e interpretamos mejor aquello que confirma lo que ya creemos. En la desinformación digital, este sesgo se vuelve especialmente relevante. Una investigación sobre noticias falsas en redes sociales, basada en una encuesta a 1.350 personas, encontró que el 89,2 % decía recibir noticias falsas, que el 54 % las recibía a través de redes sociales y que el 38,1 % reconocía que esas noticias reforzaban lo que pensaban. El mismo estudio mostró la presencia de sesgos de confirmación y conformidad en la forma en que los usuarios otorgan credibilidad y distribuyen contenidos. Por lo que es bueno dedicar el tiempo a las noticias o contenidos de distintas esferas políticas, ideológicas o sociales para comprender el fenómeno ¿Qué ocurrió ¿Porqué ocurrió? ¿Quién lo hizo? Sabemos que no todo es blanco o negro, pero nos quedamos en la superficie.
Asimismo, el smartphone ha convertido este problema en una experiencia permanente. Antes uno podía encontrarse con propaganda, titulares manipulados o discursos incendiarios en momentos concretos. Hoy los llevamos en el bolsillo y a veces el teléfono puede llegar a arder. El teléfono no solo informa, también nos acompaña, interrumpe, recompensa, alerta, compara o irrita. Las redes sociales no inventaron la polarización, pero sí aceleraron su circulación. Un marco interpretativo puede instalarse en minutos, con los ejemplos rupturistas ya descritos. La repetición, el formato breve, la imagen emocional y la aprobación del grupo hacen el resto.
Por eso muchas personas aceptan información cuestionable incluso cuando sospechan que puede ser falsa. Y algo más inquietante en el que también pueden justificar acciones políticas indebidas aunque reconozcan que son indebidas. La frase “sí, robó, pero los otros robaron más” es una forma de tu quoque: en lugar de evaluar el acto, se desvía la atención hacia la hipocresía o la falta del adversario. “Sí, mintió, pero era necesario para ganar” es una apelación a las consecuencias. “Sí, es corrupto, pero defiende a los nuestros” es tribalismo moral. Cuando la identidad pesa más que la verdad, la corrupción deja de ser corrupción y pasa a ser una herramienta del bando. Ese es uno de los daños más serios de la polarización afectiva: erosiona la rendición de cuentas.
La pérdida de pensamiento crítico no consiste en que la gente sea menos inteligente. Esa explicación sería cómoda y soberbia. El problema es más profundo, ya que hemos entrenado la inteligencia para defender identidades antes que para buscar verdad. Sabemos argumentar para ganar, no siempre para comprender. Sabemos encontrar errores en el adversario, pero no en nuestro propio grupo. Sabemos detectar propaganda ajena, pero no la que nos halaga. El pensamiento crítico empieza cuando uno se atreve a preguntar ¿y si mi bando también se equivoca?”, ¿y si esta noticia me gusta precisamente porque confirma mi prejuicio?,¿y si estoy confundiendo indignación con razón?
La filosofía puede ayudarnos aquí. Lo dice uno que le gusta aplicarla desde la barra de un bar y acompañado con un jugo de cebada fermentada. Sócrates incomodaba porque no ofrecía consignas, sino preguntas. Aristóteles recordaba que la virtud suele habitar en el equilibrio, no en el exceso. Hannah Arendt —sin necesidad de entrar en casos concretos— dejó una advertencia permanente sobre la banalidad de dejar de pensar por cuenta propia. Y la tradición liberal, republicana y humanista coincide en algo básico, siendo que una comunidad política requiere ciudadanos capaces de escuchar razones, no solo de obedecer emociones. La democracia no es un sistema para que todos pensemos igual; es un método para convivir sin destruirnos cuando pensamos distinto.
Como dice un buen colega y amigo, el Dr. Gerardo Nochez del Centro Nacional de Estudios sobre el Terrorismo y su Financiamiento: tenemos que ser disruptivos en lo que hagamos. ¿A qué se refiere con esto? Ser disruptivos, no significa gritar más fuerte ni adoptar la postura más extrema. Hoy lo verdaderamente disruptivo es escuchar, comprender lo que estamos analizando e ir un paso más allá ¿Cómo lo podemos aplicar a este contexto? Pues preguntando antes de etiquetar. Reconocer un punto válido en el adversario. Defender la dignidad de quien piensa distinto. Resistir el placer inmediato de la humillación pública. Decir “no sé” en un ambiente que premia certezas arrogantes. Recuperar el diálogo no es ingenuidad; es una forma de valentía cívica.
Necesitamos volver a los puntos comunes, no para negar las diferencias, sino para trabajarlas mejor. Podemos discrepar sobre economía, seguridad, educación, migración, religión o moral pública, pero deberíamos coincidir en algunos mínimos: nadie debe ser deshumanizado; la violencia no es argumento; la mentira no se vuelve aceptable por beneficiar a mi grupo; la dignidad humana no depende de la ideología; la verdad no pertenece a un partido; y escuchar no equivale a rendirse. Si no reconstruimos esos mínimos, cada debate será una batalla y cada elección una guerra existencial. Además, creo que la vida es demasiado corta y hay tanto ruido en el día a día, que no vale la pena como para estar batallando.
Tal vez el desafío de nuestra época no sea solo combatir la radicalización violenta en sus manifestaciones extremas, sino prevenir la radicalización cotidiana del carácter. Es decir, esa pequeña dureza diaria que nos vuelve incapaces de admitir matices, de pedir perdón, de rectificar, de escuchar y así un sinfín de acciones diarias. El fanático no nace únicamente en organizaciones extremistas; también puede comenzar a formarse cuando alguien descubre que odiar le da identidad, que simplificar le da seguridad y que pertenecer le evita pensar.
La salida no será rápida ni cómoda. Exige educación crítica, alfabetización mediática, responsabilidad de los liderazgos, ética en la comunicación pública y una ciudadanía menos dispuesta a ser manipulada por su propia rabia. Pero empieza por algo más humilde: recuperar la conversación. Volver a mirar al otro no como enemigo, sino como alguien con quien compartimos un mundo imperfecto. No se trata de abandonar convicciones, sino de sostenerlas sin convertirlas en armas. Porque una sociedad madura no es aquella donde nadie se ofende, nadie discute o nadie se equivoca. Es aquella donde todavía somos capaces de discutir sin deshumanizarnos, disentir sin destruirnos y buscar juntos una verdad que ninguno posee por completo.

Cristian Rodríguez Jiménez. Criminólogo en terrorismo y amenazas híbridas. Analista en Seguridad Física.

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