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Blocus y Break Chain: radicalización juvenil, efecto copycat y amenaza para la seguridad nacional

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Desde hace unas semanas se han observado distintas manifestaciones violentas en Europa, donde se observa una movilización a través de distintas plataformas de mensajería instantánea y redes sociales; en la que el objetivo es organizarse y generar el caos en la ciudad. Además, de saquear tiendas y locales, ya sean pequeños, medianos o grandes negocios. Asimismo, entra en contexto que, durante años hemos dado por hecho que la violencia colectiva necesitaba un relato, una organización y alguien que la dirigiera. Por eso resulta tan incómodo lo que pasó en Barcelona el 24 de octubre. Una convocatoria que circuló por TikTok como protesta por la calidad de los institutos terminó en casi cuatro horas de pillaje, con una treintena de comercios saqueados y 33 incendios. Hubo 128 detenidos, de los cuales 72 eran menores. Lo que más inquieta, sin embargo, no son las cifras. Días después, los Mossos d’Esquadra seguían sin encontrar una ideología definida, una organización extremista o líderes identificados. Entonces, ¿qué es exactamente Blocus? ¿Y por qué debería importarnos más allá de unos escaparates rotos?

Blocus no es una plataforma. Es el nombre que compartían más de una veintena de perfiles de TikTok activos desde el 18 y 19 de octubre, y procede del término francés para “bloqueo”, tomado de las protestas estudiantiles del país vecino. TikTok hacía de escaparate y los códigos QR llevaban a grupos privados de WhatsApp y Telegram. Allí se pedía vestir de negro, ocultar el rostro y llevar pirotecnia, además de difundir los enlaces en los grupos de clase y acudir con mochila para aparentar una protesta estudiantil. Ya hay dos jóvenes, de 20 y 21 años, en prisión provisional como presuntos instigadores. Aun así, no se ha demostrado que todos los grupos tengan los mismos creadores, y puede que el fenómeno sea en parte una moda que empujó a otros jóvenes a abrir sus propios chats. Ahora bien, detener a quien encendió la mecha no explica por qué la pólvora estaba tan seca.

¿Puede ser una amenaza para la seguridad nacional? Sí, aunque no en el sentido habitual. Blocus no es terrorismo, y llamarlo así criminalizaría de paso la protesta juvenil, la cual si es legítima. Sin embargo, la seguridad nacional también depende de la capacidad del Estado para anticipar, atribuir y responder, y en ese terreno Blocus deja ver tres grietas.

La primera es la atribución. La red funciona como una identidad compartida y no tiene jerarquía, de modo que encaja en lo que Daniel Koehler llama “terrorismo en enjambre”. De los 128 detenidos, solo dos tenían antecedentes por desórdenes. La segunda es la injerencia. Italia investiga una posible intervención extranjera y Macron ha apuntado a “potencias extranjeras”, aunque nada de esto está probado. La tercera es la escala. Se han detectado señales en 18 localidades de 11 comunidades autónomas, y Madrid desplegó 200 antidisturbios y 1.700 policías municipales. Si una etiqueta anónima consigue que varias ciudades tapien sus escaparates ¿no ha logrado ya parte de su efecto?

Blocus tiene un antecedente que en Europa apenas se ha mirado y en la actualidad, debemos analizar e incluir fenómenos que hayan ocurrido en otros países o continentes, para identificar vulnerabilidades, amenazas y riesgos; o como estos pueden llegar a replicarse en nuestro territorio. De hecho, cabe destacar que el 2 de febrero de 2026, la Policía Civil de Río de Janeiro lanzó la Operación Break Chain contra un grupo autodenominado “Geração Z”. El grupo se presentaba como apartidista y anticorrupción, pero, según la policía, preparaba acciones con bombas caseras y cócteles molotov frente a la Asamblea Legislativa del estado. Ese mismo día, en São Paulo, se detuvo a doce jóvenes de entre 15 y 30 años que planeaban un atentado en la Avenida Paulista. Según el jefe de policía Artur Dian, protestaban contra cualquier gobierno sin saber muy bien contra cuál. Como indica mi colega y amigo, el Dr. Mauricio Heise, el lo interpreta como un caso en el que personas sin vínculos previos se articulan en torno a narrativas políticas difusas dentro de comunidades digitales de acogida.

Las similitudes con Blocus son también semejantes. En los dos casos hay una identidad generacional que funciona como marca, una causa genérica que sirve de coartada, un paso de lo público a canales cerrados y un perfil sin trayectoria militante. Las diferencias son de grado, no de naturaleza, porque Break Chain apuntaba a explosivos contra objetivos institucionales. Si Brasil mostró el techo de este modelo ¿qué impide que Blocus evolucione en esa dirección?

No podemos negar que pueda pasar y tampoco hay que ser alarmistas, pero se podría generar un efecto “copycat”, fomentado por la globalización digital, como ya se ha descrito anteriormente. Más aún, cuando Blocus imita en cadena. Copia la estética francesa con carteles generados por inteligencia artificial, cada grupo clausurado da paso a otro, como uno que superó los 2.000 miembros en pocas horas, y ya ha habido réplicas en Italia, Bélgica, Alemania y Países Bajos. La Teoría del Aprendizaje Social da respuestas y explicando el mecanismo, que se resume en observar, imitar y obtener refuerzo. Lo nuevo en este “algoritmo” es la velocidad de difusión. Al adolescente le basta con un vídeo grabado la noche anterior en otra ciudad, y el refuerzo ya no es solo el botín, porque también se mide en visualizaciones y estatus. No es extraño que los Mossos barajen el FOMO, el miedo a perderse algo, como motor.

Aquí aparece una pregunta inevitable y tampoco se debe generalizar indicando que la generación Z se están radicalizando, pero ¿estamos ante un fenómeno de época o ante un rasgo de una generación? Según el Institute for Economics and Peace en su reporte Global Terrorism Index 2026 indica que el 42 % de las investigaciones por terrorismo en Europa y Norteamérica involucra a jóvenes o menores. Asimismo, según el informe Lone Wolf and Youth Terrorism, en 2024 los adolescentes estuvieron implicados en casi dos tercios de las detenciones vinculadas al ISIS en Europa. El mismo informe señala que el tiempo entre la primera exposición a material radical y el ataque, que rondaba los 16 meses en 2002, se mide hoy en semanas. En el caso de España y desde una perspectiva de radicalización yihadista, Álvaro Vicente del Real Instituto Elcano observa un aumento del peso de los menores en los procesos de radicalización yihadista, con el entorno digital presente en la gran mayoría de los casos. Además, el Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo indica que el 48 % de los detenidos por yihadismo en 2025 tenía menos de 25 años. Por otro lado, a desafección acompaña a esa tendencia. GIS Reports (2026) documenta que el 14,5 % de la Generación Z se define como ideológicamente “extrema”, frente al 2,7 % de los millennials a la misma edad. El mismo informe indica que un 18 % afirma no confiar “nunca” en el gobierno. Por su parte, Ismail (2026), desde el RSIS, sostiene que en esta generación la búsqueda de identidad y pertenencia precede a la ideología.

Ahora bien, conviene frenar aquí. “Generación Z” es una etiqueta útil pero una variable débil, porque se confunden efectos de edad, de periodo, como la pandemia, y de cohorte (Clements, 2023). El modelo de Barracosa y Cherney (2025) apunta en otra dirección. Según su modelo, el riesgo surge de la interacción entre trayectorias vitales, como los agravios familiares y escolares o el malestar psicológico, y oportunidades situacionales, como la validación entre pares y una baja barrera operativa. Anne Speckhard y Caroline Ewing del International Center for the Study of Violent Extremism publicaron este mismo, que en el fenómeno de radicalización nihilista está presente el peso del trauma adolescente y proponiendo un modelo de prevención basado en la salud pública. En otras palabras, no es que una generación sea violenta. Se trata de jóvenes socializados en entornos hiperconectados que encuentran en ellos una vía rápida para canalizar su malestar.
Este mismo año, realicé un breve análisis publicado en Centro Nacional sobre Estudios en Terrorismo y su Financiamiento (CNT) un artículo sobre la “Reconfigurando la escalera de Moghaddam” en la que defendí que el modelo de Moghaddam (2005) sigue siendo útil, pero necesita una lectura socio-técnica. Los algoritmos no radicalizan de forma automática, pero sí intensifican la exposición y comprimen las trayectorias. A eso lo llamé ascensor algorítmico, porque los pisos ya no se suben de uno en uno, sino que se saltan.

Cabe destacar que Blocus y Break Chain muestran ese ascensor funcionando. En Barcelona, el paso del agravio difuso a la acción duró menos de una semana, y el piso del compromiso moral con una ideología no llegó a existir. Esto enlaza con el extremismo violento nihilista, que se define por motivaciones fragmentadas, búsqueda de espectáculo y notoriedad y una fuerte presencia juvenil (Cherney et al., 2026). Blocus no es terrorismo nihilista, pero comparte su ecosistema. En los dos aparecen la ausencia de relato, el daño como experiencia que se consume y la imitación como forma de pertenencia. El modelo 3N (Webber y Kruglanski, 2017) ayuda a dar luz desde un enfoque teórico; es decir, cuando la narrativa es difusa, la necesidad y la red lo explican casi todo. A la vez, los modelos de prevención basados en umbrales ideológicos no detectan a quien no tiene ideología que superar.

La tendencia es que la violencia colectiva juvenil se está volviendo modular, es decir, se puede copiar y reactivar con poco esfuerzo, mientras la marca sobrevive a los convocantes. Se perfilan cuatro líneas. La primera es el agotamiento si la disuasión se mantiene, y de hecho la noche del 31 de octubre transcurrió sin incidentes en Madrid ni en Valencia. La segunda es la mutación, con otra etiqueta y el mismo repertorio. La tercera es la instrumentalización por actores externos, lo que llevaría el fenómeno al terreno híbrido. La cuarta, y la más grave, es la escalada al modelo Break Chain, del saqueo a los artefactos y de los escaparates a las instituciones. Que esto todavía no haya ocurrido en España no significa que no pueda ocurrir. Reducir Blocus a un problema de orden público es cómodo, pero insuficiente. Hay jóvenes con malestares reales, un ecosistema digital que convierte ese malestar en contenido y un vacío institucional que no ofrece canales creíbles para expresarlo. Como nos mostró David Rapoport (2004), el terrorismo avanza por oleadas generacionales, y sigue abierta la pregunta de si estamos ante el preludio de una quinta oleada sin ideología. La respuesta debe ser firme con quienes organizan la violencia y, a la vez, seria con sus causas.

 

Cristian Rodríguez Jiménez. Criminólogo. Analista en Seguridad Física. Especialista en Criminología aplicada al contraterrorismo en el Centro Nacional sobre Estudios en Terrorismo y su Financiamiento (CNT) y miembro de Abriendo Brecha.

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