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Una de tantas historias

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A lo lejos se escucha una voz aguardientosa “si ya sabes que tienes que pagar, pa’ qué te haces wey”, con ese tono característico de la jerga carcelaria. A su alrededor, sólo ve a hombres vestidos del mismo color beige, unos con tatuajes, otros pelones y alguno que otro con lentes, tan diferentes pero tan parecidos en sentimientos, en rencor, en incertidumbre y, en algunos casos, en la esperanza.

Es hora de la visita familiar, posiblemente el día más esperado de cualquier detenido; Raúl dejó de escuchar la conversación de aquel sujeto que estaba amenazando a otro para que le pagara el pase de lista y esperó a oír su nombre. Esos minutos de espera se vuelven eternos e, incluso, provocan una ansiedad nefasta, hasta que escuchó su nombre proveniente de un estafeta que le dijo que lo buscaba su esposa.

El estafeta –quien era un hombre flaco- se encargaba de correr desde los locutorios hasta donde estaban los reclusos para llevarlos a la visita, era un personaje querido y odiado, pues por cada vuelta tenías que pagar por lo menos diez pesos, una ganga, irónico.

Raúl al ver a su esposa le preguntó si ya sabía cuándo iba a salir, a lo cual le respondió que la única salida era aceptar el procedimiento abreviado, según lo que le dijo su abogado, y Raúl, sin entender conceptos, le pidió más explicaciones, mismas que fueron dadas con mayor confusión que claridad: “pues no sé, te tienes que echar la culpa pa’ que salgas, porque dice el abogado que no tienes pruebas y que es la vía más rápida”, una sensación de vértigo y confusión invadieron al detenido, generándose un sin fin de interrogantes: “¿tendré antecedentes penales?, ¿cuántos años estaré detenido?, ¿me pueden condenar por algo que no hice?”. Continuaron con la plática sobre cosas que, en ese momento, no tenían mayor importancia, su esposa se despidió y le comentó, “el abogado ya metió la solicitud del procedimiento, dice que vas a salir pronto” y terminó la hora de visita. Raúl regresó a su celda que compartía con diez personas y, al parecer, llegarían dos más esa noche, otro día más de dormir hombro a hombro con sus compañeros de celda.

Se dice que las horas y los días no tienen sentido dentro de la cárcel, sólo se sabe que en algún momento saldrán y esa eterna espera se acabará. Raúl recibió una notificación un día cualquiera, en la cual leyó que tenía una audiencia programada, una sonrisa y esperanza surgieron en él, su salida estaría a unos cuantos días pese al costo que fuera, porque algo tenía muy claro: ya no quería estar en ese lugar en donde hasta por respirar te cobran.

Lo trasladaron desde las 6 de la mañana, su audiencia comenzó a las 12:00 del día, no importaba que no le habían dado de desayunar ese día, lo que importaba era que iba a salir, su abogado se sentó a su lado y le dijo “hoy veremos si la Fiscalía tiene una propuesta favorable para que, en caso de ser así, aceptemos y te vas con beneficios”, por lo que preguntó: “¿cómo? ¿no me iré hoy?”, el abogado logró negar con la cabeza antes de que el Juez ingresara a la audiencia, momento en el cual se pararon para recibirlo, sentándose una vez que se dio la instrucción de hacerlo. Raúl cayó en la depresión penitenciaria, no esperes nada de ningún día porque, estando ahí, nada depende de ti, solo la vida, esa sí depende de tu capacidad de supervivencia.

En la audiencia, el Fiscal, quien era un sujeto pasado los 40 años, con cara de pocos amigos y fastidiado, producto de las jornadas tan largas que había tenido en la semana pues les había llegado un asunto relevante, señaló que la propuesta del “procedimiento abreviado” aún no la tenían derivado de la carga de trabajo, solicitó más tiempo para tener una respuesta, pidió se difiera la diligencia y se señaló la audiencia dentro de un mes; la sonrisa y esperanza que había tenido Raúl cuando leyó la notificación habían sido eliminadas.

Pasó un mes, llegó el día de la audiencia, su abogado no había ido a darle noticias pero se enteraba de su caso cuando su esposa lo iba a visitar. En la sala, el abogado le comentó que había quedado la propuesta en cuatro años y con eso salía; para Raúl no existía una explicación plena, pues en su cabeza le estaban diciendo que sería condenado a cuatro años, pero confiaba en aquel abogado que, mal o bien, les estaba ayudando, pues ya no le habían pagado sus honorarios desde hace más de seis meses. Escuchó la instrucción del Juez por cuanto hacía a los efectos de aceptar el procedimiento abreviado, Raúl no entendía, sólo sabía que debía decir una cosa: “estoy de acuerdo con renunciar al juicio oral y acepto que se celebre el procedimiento abreviado”, se había aprendido esa frase ante la repetitiva instrucción de su abogado “tendrás que decir esto, pese a todo”.

El Juez dictó sentencia, cuatro años de prisión, aún y cuando su abogado le había dicho que eso era “mero trámite”, Raúl no dejó de sentir un vacío en el estómago, había aceptado la culpa de algo que no cometió, pero era la única opción, su abogado le dijo que no tenían pruebas y en un juicio “así como son los juzgados” iba a terminar condenando, una decisión que debió tomar y, en ese momento, no le pareció tan buena idea, sin embargo, ya estaba a punto de salir, ¿cuándo? no sabía, pero sí sabía que sucedería.

Pasaron tres semanas de haber aceptado su culpa, le llamaron los policías junto con los estafetas para decirle “agarra tus cosas que ya te vas, padre”, no lo podía creer, tardó más de seis horas en esperar, hasta que por fin salió por la puerta por la que entró hace ya más de un año.

¿Se hizo justicia? Depende de quien lea esta historia. El procedimiento abreviado se ha vuelto una constante para aquellas personas víctimas de delitos fabricados o, incluso, fuente de negocio de aquellos litigantes abusivos ante la falta de cultura legal de las familias, vendiéndolo como una gran hazaña el simple hecho de presentar una promoción para tener esa audiencia, una solución de terminación anticipada que sólo suma números y no resuelve la finalidad del Derecho Penal, ni mucho menos, el fondo.

Nos resta preguntarnos, ¿Raúl había cometido ese delito? No, sin embargo, llevarlo a juicio sería obtener una sentencia ya conocida, culpable, porque en muchos tribunales de enjuiciamiento aún se trabaja con el principio de culpabilidad y no el de la presunción de inocencia.

Mtro. Adrián Arellano Regino

Egresado de la UNAM, Maestrante de la universidad de Barcelona, Abogado en Regino abogados.

Facebook: Adrián Regino

Twitter: @Adrianreginoo

 

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