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El filósofo que nunca se fue: Jeremy Bentham y su audaz provocación de permanecer entre los vivos

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«Que los vivos no gasten dinero en tumbas para los muertos; que los muertos sirvan como monumento, enseñanza e inspiración para los vivos». Esta idea de Jeremy Bentham resume una de las decisiones más atrevidas de la historia. Su deseo de quedarse entre nosotros después de morir no fue una vanidad narcisista o un capricho extravagante, sino la aplicación estricta de su gran regla de vida: el utilitarismo. Para Bentham, las cosas y las acciones solo valen por el beneficio y la utilidad real que le dejan a la sociedad.

Bentham murió a los 84 años por una mezcla de problemas en los pulmones y fallas en los riñones. Durante sus últimos meses de vida, en la primavera de 1832, su salud se deterioró rápidamente entre el frío de Londres, bronquitis recurrentes y problemas para orinar que terminaron provocándole un fallo general en el cuerpo, aunque mantuvo la mente brillante y lúcida hasta el último segundo.

Se cuenta que poco antes de dar su último suspiro el 6 de junio de 1832 en su casa de Londres, le dijo a su médico y amigo de confianza, el Dr. Thomas Southwood Smith: «Siento que me estoy muriendo. Ahora lo importante es evitar el dolor. Que no entre el personal de servicio; quédense sólo ustedes, no nos asustemos sin necesidad y mantengamos la calma».

Apenas unas horas después de su muerte, los encargados de su testamento le entregaron el cuerpo al Dr. Southwood Smith para cumplir la voluntad exacta del filósofo. Para evitar que la familia o la burocracia se metieran, esa misma noche lo trasladaron a la Escuela de Medicina de Webb Street. Tres días después, el 9 de junio, se organizó una disección pública frente a un salón lleno de alumnos, médicos y amigos. Llovía a cántaros y caía una tormenta impresionante sobre Londres; el propio médico contó después que los rayos iluminaban el cuerpo de Bentham en la mesa de autopsia. Antes de dar el primer corte, el Dr. Southwood Smith dio un discurso recordando que Bentham consideraba una crueldad no donar los cadáveres a la ciencia.

El médico abrió el pecho y el abdomen de Bentham para enseñar anatomía a los asistentes. Cuando terminó la clase, comenzó el trabajo de manualidades para armar el famoso «Auto-Ícono». Limpiaron bien los huesos y los unieron con alambre de hierro para dejarlo sentado. Luego rellenaron la ropa con paja y heno para darle forma al cuerpo, le pusieron su traje de siempre, su camisa de lino, su sombrero de ala ancha y le acomodaron en la mano su bastón favorito de bambú, al que llamaba Dapple.

Ahí vino el gran problema: la cabeza. El Dr. Southwood Smith intentó secar la cabeza real de Bentham metiéndola en un horno con químicos y ácido sulfúrico, inspirándose en cómo preservaban los rostros en Nueva Zelanda. El experimento salió pésimo: la piel se volvió oscura, arrugada y con una cara de espanto. Como daba bastante impresión verla, de emergencia mandaron hacer una cabeza de cera idéntica con un artista francés, que es la que lleva puesta hasta el día de hoy.
En un libro que escribió un año antes de su muerte, titulado Auto-Icon; or, Farther Uses of the Dead to the Living, redactada en 1831, Bentham decía que las estatuas de mármol o bronce eran un desperdicio de dinero público y que ni siquiera se parecían a la persona. En su lugar, propuso que la gente ilustre se convirtiera en su propia estatua usando su propio cuerpo, para servir de recuerdo real sin costarle un solo peso a los ciudadanos. Además, en esa época disecar un cuerpo era un tabú enorme y se usaba solo como castigo para los criminales ejecutados. Bentham, que no creía en rodeos religiosos, quiso romper ese mito donando su cuerpo a la medicina.

Cuando el Auto-Ícono quedó listo en su silla, no se fue directo a ninguna universidad. El Dr. Southwood Smith lo guardó en un armario de madera en su propia casa y consultorio durante casi 20 años. Fue hasta 1850 cuando decidió regalarlo al University College de Londres (UCL). Bentham nunca dijo en su testamento que quería ir a esa universidad, pero la UCL —fundada en 1826 como la primera en aceptar a estudiantes de cualquier religión o clase social— lo adoptó con gusto como su figura inspiradora por su espíritu libre y crítico.

A raíz de esto nació la famosa leyenda de que el cuerpo de Bentham es llevado en su vitrina a las reuniones de la universidad y anotado en las actas como «presente, pero sin voto». La universidad aclara que es solo un mito divertido, aunque en 2013 sí lo llevaron de verdad a la reunión donde despedían al Rector. Actualmente, desde 2020, su figura descansa en una vitrina moderna con clima controlado en el Student Centre de la universidad.

Esta forma tan práctica de ver su propio cuerpo es la misma con la que Bentham revolucionó las leyes. No creía en los «derechos naturales» nacidos del cielo o de la nada (decía entre risas que eso era argumento hueco y sin sustento real, pura «cháchara sobre zancos»). Para él, las leyes las inventa el Estado y sólo son buenas si le sirven a la gente. En el derecho penal, decía que la cárcel y los castigos son un mal porque causan dolor, así que sólo se justifican si evitan un delito peor. La pena debía servir para dos cosas muy sencillas: asustar a la sociedad para que nadie cometa delitos (prevención general) y corregir o encerrar al delincuente para que no vuelva a hacer daño (prevención especial).

De ahí nació su famosa cárcel del Panóptico en 1791: un edificio circular con una torre al centro de observación invisible desde donde un sólo guardia podía ver todas las celdas sin que los presos supieran si los estaban mirando o no. Bentham pensaba que, al sentirse vigilados todo el tiempo, induciría a la autodisciplina de los reclusos, ahorrando un gran dinero en guardias y vigilancia; modelo analizado críticamente en el siglo XX por Michel Foucault en Vigilar y castigar
El «Auto-Ícono» de Jeremy Bentham no es una simple locura de la historia; es una lección de vida de un hombre que llevó sus ideas hasta las últimas consecuencias. Al volver su cadáver una herramienta para la ciencia y un monumento para la gente demostró que vivió tal como pensó. Sus ideas no sólo cambiaron las cárceles y las leyes modernas, sino que se adelantaron a su época defendiendo el bienestar de la gente y hasta los derechos de los animales, recordando que la gran pregunta no es si pueden pensar, sino si pueden sufrir.

Casi dos siglos después, el viejo filósofo sigue ahí sentado, recordándonos que las leyes e instituciones solo sirven si le hacen bien a la comunidad.

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