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La criminología a través de la mirada del cine de terror

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El cine de terror suele asociarse con el entretenimiento, los sobresaltos y las historias sobrenaturales, pero detrás de sus monstruos, asesinos y escenarios inquietantes existe un valioso espacio para reflexionar sobre la violencia, el miedo y la criminalidad. Aunque su propósito principal no es explicar científicamente el delito, muchas de sus historias dialogan con preguntas que también han ocupado a la criminología durante décadas: ¿qué lleva a una persona a cometer actos violentos?, ¿por qué el miedo ejerce tanta influencia sobre la sociedad?, ¿cómo reaccionan las personas cuando desaparecen las normas que regulan la convivencia?, ¿hasta qué punto la violencia es producto del entorno o de las decisiones individuales?

La criminología, entendida como la disciplina que estudia el delito, sus causas, sus consecuencias, las víctimas y las respuestas sociales e institucionales frente a la criminalidad, encuentra en el cine de terror un interesante objeto de análisis. Las películas no representan fielmente la realidad criminal, pero sí reflejan preocupaciones colectivas, tensiones sociales y formas en que distintas épocas han imaginado el peligro. En este sentido, el terror puede entenderse como una expresión cultural que revela tanto nuestros miedos como la manera en que concebimos el crimen y a quienes lo cometen.

Una de las figuras más representativas del género es el asesino serial. Personajes como Norman Bates en Psicosis (1960), Michael Myers en Halloween (1978) o Leatherface en The Texas Chain Saw Massacre (1974) se han convertido en íconos del cine, aunque su construcción responde más a necesidades narrativas que a descripciones precisas de la criminalidad real. Con frecuencia aparecen como individuos prácticamente invencibles, impulsados por una maldad inexplicable y capaces de actuar sin remordimiento. Esta representación contribuye a crear la imagen del criminal como un “monstruo”, alguien completamente distinto al resto de la sociedad.

Sin embargo, la investigación criminológica ofrece una visión mucho más compleja. La mayoría de las conductas violentas no pueden explicarse únicamente por la personalidad del agresor. Factores como la historia familiar, las experiencias traumáticas, el consumo de sustancias, los trastornos mentales —cuando realmente existen y son relevantes—, las condiciones socioeconómicas y el entorno comunitario pueden interactuar de formas muy diversas. Esto no significa justificar el delito, sino reconocer que el comportamiento criminal rara vez tiene una causa única. El cine de terror, especialmente en sus producciones más recientes, ha comenzado a incorporar esta complejidad al mostrar antagonistas cuya violencia está vinculada con experiencias de abandono, exclusión o abuso, aunque dichas explicaciones siguen estando subordinadas a las necesidades dramáticas del relato.

También resulta interesante observar cómo el terror alimenta la fascinación social por los asesinos seriales. Aunque estos delincuentes representan un porcentaje extremadamente pequeño de los homicidios cometidos en el mundo, ocupan un lugar desproporcionado en el cine, la televisión y los medios de comunicación. Este fenómeno ha sido estudiado por la criminología y la psicología social, que señalan cómo los delitos poco frecuentes, pero especialmente violentos o mediáticos, suelen generar una percepción exagerada del riesgo. En consecuencia, las personas pueden llegar a creer que determinados crímenes son mucho más comunes de lo que realmente indican las estadísticas.

El miedo ocupa un lugar central tanto en el cine de terror como en el estudio de la criminalidad. Las películas construyen escenarios donde el peligro parece omnipresente y cualquier espacio cotidiano puede convertirse en una amenaza. Casas, hospitales, escuelas o incluso el propio hogar dejan de ser lugares seguros. Esta sensación permanente de vulnerabilidad conecta con uno de los conceptos más estudiados por la criminología contemporánea: el miedo al delito.

Curiosamente, numerosas investigaciones muestran que el miedo a ser víctima de un crimen no siempre coincide con los niveles reales de delincuencia. Factores como la cobertura mediática, las experiencias personales, las redes sociales o determinadas narrativas culturales pueden aumentar considerablemente la percepción de inseguridad. El cine de terror, aunque no sea responsable de estas percepciones, participa en la construcción de imaginarios donde la violencia parece acechar constantemente.

Películas como The Purge (2013) llevan esta idea un paso más allá al imaginar sociedades donde la violencia es permitida temporalmente por el propio Estado. Aunque se trata de una ficción extrema, plantea preguntas relevantes para la criminología acerca del uso del miedo como mecanismo de control social, la legitimación de la violencia institucional y las consecuencias de la desigualdad. Diversos autores han analizado cómo, en determinados contextos, la percepción de inseguridad puede influir en el respaldo ciudadano hacia políticas penales más severas, incluso cuando la evidencia científica cuestiona su eficacia para reducir el delito.

Otro elemento fundamental del cine de terror es la representación de las víctimas. Durante muchos años, especialmente en el subgénero slasher, los personajes eran construidos como simples recursos narrativos cuyo principal propósito consistía en aumentar la tensión antes de morir. Sin embargo, estas historias también permiten reflexionar sobre la victimización, uno de los campos más importantes de la criminología actual.

La victimología estudia no solo las consecuencias físicas y psicológicas del delito, sino también las condiciones sociales que incrementan la vulnerabilidad de determinadas personas o grupos. En este sentido, muchas películas muestran cómo la falta de apoyo institucional, el aislamiento, la indiferencia de quienes rodean a las víctimas o la ausencia de mecanismos de protección agravan las consecuencias de la violencia. Aunque estas representaciones suelen exagerarse por razones dramáticas, invitan a reflexionar sobre la importancia de fortalecer las políticas de prevención, la atención integral a las víctimas y la construcción de comunidades más seguras.

Resulta igualmente significativo que el cine de terror haya evolucionado en la forma de representar a sus protagonistas. Durante décadas predominó la figura de la llamada final girl, concepto desarrollado por la investigadora Carol J. Clover para describir a la única sobreviviente que enfrentaba al agresor al final de la historia. Personajes como Laurie Strode en Halloween o Sidney Prescott en Scream transformaron poco a poco el papel tradicional de la mujer como víctima pasiva para convertirla en un personaje capaz de resistir, investigar y sobrevivir.

Desde la criminología con perspectiva de género, estas transformaciones permiten analizar cómo las representaciones audiovisuales reflejan cambios sociales más amplios relacionados con la violencia contra las mujeres, las relaciones de poder y los estereotipos de género. Si bien muchas producciones actuales ofrecen personajes femeninos mucho más complejos, otras continúan reproduciendo esquemas donde la violencia ejercida contra las mujeres funciona únicamente como un recurso para generar impacto emocional. Analizar estas diferencias permite comprender cómo el cine también participa en la construcción de imaginarios sobre la violencia y las relaciones sociales.

El terror también ha encontrado en los escenarios apocalípticos un espacio privilegiado para explorar el comportamiento humano. Películas como 28 Days Later (2002) y series como The Walking Dead presentan sociedades donde las instituciones han desaparecido y las normas dejan de existir. En estos contextos, la violencia ya no proviene únicamente de monstruos o criaturas sobrenaturales, sino de los propios sobrevivientes, obligados a tomar decisiones extremas para garantizar su supervivencia.

Desde la criminología, estos escenarios permiten reflexionar sobre teorías relacionadas con el control social, la desorganización comunitaria y la anomia. Aunque estas historias exageran deliberadamente la realidad, plantean una pregunta que continúa siendo objeto de debate: ¿hasta qué punto las normas sociales contienen la violencia y qué ocurre cuando las instituciones dejan de funcionar? Más que ofrecer respuestas definitivas, estas narraciones exploran las tensiones entre cooperación, egoísmo, solidaridad y supervivencia.

En los últimos años, además, el cine de terror ha ampliado considerablemente sus temas. Producciones como Get Out (2017), Hereditary (2018), Midsommar (2019) o Barbarian (2022) demuestran que el género puede abordar cuestiones relacionadas con el racismo, los traumas familiares, el duelo, el abuso de poder, la manipulación psicológica y las desigualdades sociales. En estas historias, el horror ya no depende exclusivamente de monstruos o asesinos, sino de conflictos profundamente humanos que encuentran eco en distintas áreas de estudio de la criminología.

Este cambio refleja una transformación importante del propio género. El terror contemporáneo utiliza con mayor frecuencia la violencia como una metáfora para hablar de problemas sociales reales, permitiendo que el espectador no solo experimente miedo, sino que también cuestione las dinámicas de exclusión, discriminación, abuso o impunidad presentes en la sociedad.

Por supuesto, es importante reconocer que el cine no constituye una fuente científica sobre el crimen. Muchas películas exageran perfiles criminales, simplifican trastornos psicológicos o presentan investigaciones policiales alejadas de la realidad. Sin embargo, precisamente por su enorme impacto cultural, estas representaciones influyen en la forma en que muchas personas imaginan la delincuencia, interpretan a las víctimas e incluso perciben el funcionamiento del sistema de justicia. Por ello, analizar el cine desde una perspectiva criminológica no significa evaluar si las historias son realistas, sino comprender qué ideas sobre el delito transmiten y cómo esas narrativas dialogan con las preocupaciones sociales de cada época.

En definitiva, el cine de terror es mucho más que un género dedicado a provocar miedo. A través de sus personajes, escenarios y conflictos, ofrece un espacio para reflexionar sobre la violencia, el poder, el control social, la victimización y los límites de la conducta humana. La criminología, por su parte, aporta las herramientas necesarias para analizar esas representaciones con una mirada crítica y fundamentada, recordándonos que detrás de cada historia de ficción existen preguntas profundas sobre la sociedad, la justicia y la compleja naturaleza del comportamiento humano.

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