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El juego interior del litigante

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Durante años he enseñado litigación oral, técnica del contrainterrogatorio, teoría del caso, valoración probatoria y argumentación jurídica. También he ejercido la defensa penal durante más de dos décadas. Sin embargo, después de cientos de audiencias, he llegado a una conclusión que rara vez aparece en los manuales: el principal escenario del litigio no está en el estrado, sino en la mente del abogado.
Los programas de formación jurídica enseñan normas, precedentes y estrategias procesales. Los cursos de litigación entrenan habilidades de comunicación y dominio técnico. Todo ello es indispensable. Pero existe una dimensión de la profesión que permanece prácticamente inexplorada: el gobierno de uno mismo.
Hace poco inicié la lectura de El juego interior del tenis, de Timothy Gallwey. Aunque fue escrito para deportistas, encontré en sus páginas una reflexión que trasciende el deporte. Gallwey sostiene que el mayor adversario no suele estar al otro lado de la red, sino dentro de nuestra propia mente. Esa afirmación me llevó a pensar inmediatamente en la litigación.
¿Cuántas veces un abogado pierde claridad porque intenta controlar cada detalle de una audiencia? ¿Cuántas veces deja de escuchar una respuesta importante porque está concentrado en formular la siguiente pregunta? ¿Cuántas veces el miedo a equivocarse termina produciendo precisamente el error que quería evitar? No son problemas de conocimiento jurídico. Son problemas de atención.
Con frecuencia creemos que un gran litigante es quien habla mejor, memoriza más jurisprudencia o domina las técnicas de interrogatorio. Mi experiencia me ha enseñado algo distinto. Los mejores litigantes que he conocido comparten una característica común: poseen una notable serenidad. Escuchan antes de responder. Observan antes
de actuar. No necesitan demostrar constantemente que tienen razón. Comprenden que el litigio no consiste únicamente en convencer a un juez, sino también en mantener el equilibrio interior mientras el proceso se desarrolla.
Esa convicción me ha llevado a iniciar un proyecto intelectual que hoy comparto por primera vez con los lectores de esta revista. Se llamará El juego interior del litigante. No será un tratado de derecho procesal ni un manual adicional sobre litigación oral. Aspira a convertirse en una reflexión permanente sobre la dimensión humana del abogado. Su propósito será estudiar las habilidades invisibles que sostienen el desempeño profesional: la concentración, la escucha, el manejo del ego, la administración del miedo, la capacidad de observar, la serenidad frente a la incertidumbre y el aprendizaje continuo.
Cada semana desarrollaré una de esas ideas en esta columna. Algunas surgirán de audiencias reales; otras, de la enseñanza universitaria; muchas nacerán del deporte, de la filosofía, de la psicología del aprendizaje y de la experiencia acumulada durante  años de ejercicio profesional. Todas tendrán un mismo propósito: demostrar que el litigio no es únicamente una disciplina jurídica, sino también una práctica de autoconocimiento.
La propuesta parte de una premisa sencilla: un abogado puede dominar perfectamente el expediente y, aun así, fracasar en una audiencia si no domina su propia mente. Del mismo modo, un litigante que aprende a gestionar su atención, sus emociones y su presencia suele tomar mejores decisiones incluso en los casos más difíciles.
No se trata de convertir la profesión en una práctica contemplativa ni de sustituir el rigor jurídico por discursos motivacionales. Todo lo contrario. El dominio técnico seguirá siendo irrenunciable. Pero ese conocimiento alcanzará su máxima expresión cuando esté acompañado por una mente entrenada para observar, escuchar y decidir con claridad.
En los próximos meses recorreremos juntos ese camino. Hablaremos del silencio como herramienta de persuasión, del ego en los estrados, de la importancia de escuchar realmente al testigo, de la concentración sin esfuerzo, del valor pedagógico del error, del aprendizaje deliberado, de la preparación mental antes de una audiencia y de la sorprendente relación entre el tenis y la litigación.
Mi aspiración es que, al finalizar esta serie, el lector no solo haya incorporado nuevas herramientas para litigar mejor, sino que también haya descubierto una manera diferente de comprender la profesión. Porque quizá el mayor triunfo de un abogado no sea ganar un proceso.
Quizá el verdadero triunfo consista en llegar al estrado con una mente tranquila, una atención plena y la serenidad suficiente para que el derecho pueda expresarse a través de ella.

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