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¿EXISTE EL CRIMEN PERFECTO?

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Eduardo Martínez-Bastida?

Cualquier persona versada en las llamadas ciencias penales contestaría la interrogante anterior en sentido negativo.

No obstante, ¿es posible cometer el crimen perfecto contra la realidad y la alteridad?. La respuesta es si, en tanto se busque recuperar la huella de la nada, pues para esto hay que suprimir la realidad del mundo. La pregunta filosófica, entonces, no es “¿por qué existe algo en lugar de nada?” sino “¿por qué no existe nada en lugar de algo?”.

Ante la nada, es diafana nuestra incapacidad de afrontar el dominio de la ausencia y, por ello, sucumbimos ante la ilusión desilusionada de pantallas e imágenes digitales que han expulsado a la realidad de la realidad para dirigirnos al camino de la simulación. Una simple metastasis del deseo lacaniano. Así, la indiferenciación de lo verdadero y falso, de lo real e irreal cede ante la simulación que consagra el infierno pulsional de lo igual.

Jean Baudrillard indica que “la realidad es una perra. ¿Qué tiene de asombroso, por otra parte, ya que ha nacido de la fornicación de la estupidez con el espíritu de cálculo-desecho de la ilusión sagrada entregada a los chacales de la ciencia?”.

Por lo anterior, seguimos fabricando sentido, incluso sabiendo que este no existe ante el silencio del gran Otro. Por ello, la consecuencia implacable de la vida presente es la extensión lógica a la llamada realidad virtual, cuyo concepto clave es la definición 4k, que desaparece la ilusión de la imagen, de la alteridad, de lo verdadero y falso, del bien y el mal, de lo real e imaginario, de la muerte por existir, sin importar el precio, on line en tiempo real. Hoy, no es el corpus el que proyecta su sombra, sino la sombra la que proyecta su cuerpo. Es decir, la sombra de la sombra puesta en circulación por medio de algoritmos e imágenes digitales.

Este despliegue tecnológico significa que los habitantes de la sociedad paliativa han dejado de creer en su propia existencia decantándose por un destino por procuración o existencia virtual con lo que, a final de cuentas, gozan su síntoma.

La vicisitud, según Baudrillard, es que el propio pensamiento comienza “a adquirir el aspecto de un fósil, de huella arqueológica, digno de ser visitado como atracción especial … ¡Concédase el escalofrío histórico del pensamiento.”

De lo expuesto, es evidente que la tecnología digital es el instrumento de un mundo que creemos dominar, cuando es el mundo del gran Otro el que se impone por medio de una tecnología de la que somos espectadores y, además, entes manipulados por el fantasma.

Por ello, el mundo es indiferente y la extravagancia del pensamiento ha sido robada por el extravagante mundo digital, mientras el cuerpo ha dejado de ser un espacio para la alteridad al erigirse en un lugar de identificación. Esto explica el silencio e incapacidad de lo jurídico para resolver esta vicisitud.

Así las cosas, itera Baudrillard, “el crimen perfecto es el de una realización incondicional del mundo mediante la actualización de todos los datos, mediante la transformación de todos nuestros actos, de todos los acontecimientos en información pura; en suma, la solución final, la resolución anticipada del mundo por clonación de la realidad y la exterminación de lo real a manos de su doble.”

La realidad virtual, entonces, no es más que una emulación divina: el no estar allí, pero ver todo como el gran Otro. Disfrutar del vértigo de nuestro ser en falta con un panóptico digital vigilante implica eludir la cuestión de lo real-simbólico al eclipsarlo detrás de las imágenes.

De lo expuesto, Baudrillard colige que “con lo virtual, no sólo entramos en la era de la liquidación de lo real y de lo referencial, sino también en la era del exterminio del otro. Es el equivalente de una purificación étnica que no sólo afectara a unas poblaciones concretas, sino que se encarnizara con todas las formas de alteridad.” Esto porque la información permite materializar el crimen perfecto contra la realidad y la comunicación es el espacio del crimen perfecto contra la alteridad…

Doctor en Ciencias Penales y Política Criminal. Abogado Postulante. Catedrático de la Facultad de Derecho de la UNAM y del INACIPE.