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De narcotráfico a narcoterrorismo: Historia convergente en México.

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Por Cristian Rodríguez Jiménez

Las definiciones y las etiquetas nos ofrecen una serie de características para identificar a un elemento o varios. En específico, dentro del estudio de la Criminología, tratamos de ponerle un nombre a la realidad que estamos estudiando u observando. Es decir, tratamos de ofrecer una respuesta de un conflicto delictivo o antisocial para poder complementar proactivamente hacia estrategias de seguridad o políticas criminales.

¿Pero que ocurre cuando los gobiernos no aceptan ciertas definiciones de una realidad social y política? Pues que los actores más potentes del crimen organizado, asumen el cargo de poder regional y estatal. Eso es la respuesta ante gobiernos débiles que no asumen que hay una crisis político social y que hay una imperiosa necesidad de convocar un gabinete de crisis para tratar lo que nos ha llevado a estar en jaque.

La inseguridad ciudadana está presente cuando el crimen organizado, dícese narcotráfico, hurtos, robos con fuerza, tráfico ilícito de cualquier material, acaba convirtiéndose en algo que puede ser incluso peor. Estamos hablando de la presencia de sicariato e incluso, cuando los grupos de crimen organizado, acaban mutando en Terrorismo.

Esto continúa en ataques a la ciudadanía, donde se genera un pánico en la misma. Además, que se generan víctimas mortales, las que son llamadas como víctimas directas. Sin embargo, siempre pasa desapercibido entre la sociedad (y gobiernos) ignorante, que para ser víctima de terrorismo, no se necesita ser únicamente asesinado por este tipo de criminales. También generan victimas que llevaran esa maldita etiqueta de por vida ¿Saben por qué? Porque se generan daños más allá de los físicos. Es decir, los daños psicológicos que necesitaran de terapia psicológica y el apoyo de su entorno ¿y saben de quien más? De los gobiernos de turno.

Por otro lado, nos encontramos con las victimas indirectas, otras que son eternamente olvidadas. Son los familiares, amigos, compañeros de trabajo o de clase… Cualquier persona que quisiera a la persona que han asesinado o han atacado sin ningún tipo de justificación real (inserte aquí cualquier narrativa perniciosa o propaganda donde pesa la legitimización de la violencia).

¿Y qué ocurre cuando los gobiernos no lideran un plan estratégico de seguridad nacional? Que los grupos de crimen organizado, los cuales, buscan crear el terror para mostrar su poder y su fuerza, consiguen evidentemente, crear el terror y fortalecer sus líneas. Por lo que el aumento de la violencia en las calles, seguirá aumentando con el paso de cada día. En el caso de México, negar la realidad les otorga “mantener el control”. Es decir, que gobiernos vecinos como el de Estados Unidos, no se entrometa en los asuntos de Estado. Pero entendemos que el calla, otorga. Y mientras unos no asumen la realidad, otros seguirán siendo asesinados por la negligente actuación política.

Otra de las situaciones que me ha llevado a cuestionarme el “porque” de este artículo. Es que los funcionarios del Estado y de los cuerpos policiales de cada región, son más que conscientes de lo que está sucediendo en las calles. Por lo que he coincidido como docente y como alumno en diferentes diplomados y formaciones que se han ofrecido a profesionales en Latinoamérica. Todos saben por qué se están costeando ellos mismos su formación académica, siendo el principal motivo, la necesidad de tener el conocimiento y la formación para realizar su trabajo de la mejor forma posible.

Otra de las problemáticas, es la falta de recursos del sistema judicial para poder tratar esta problemática de forma objetiva. Parece que cuesta etiquetar a este tipo de criminal, como terroristas. Además, que la estrategia de seguridad nacional brilla por su ausencia.

Pero ¿Qué es lo que está pasando para que el Crimen Organizado este mutando a Terrorismo? La respuesta es sencilla, porque no es la primera ocasión que ocurre en la historia del mundo. En especial, ocurrió en Latinoamérica hace varias décadas atrás ¿Os acordáis de Pablo Escobar y el Cartel de Medellín? Volvió a formar parte de la cultura popular por la serie llamada “Narcos” en la plataforma de streaming, Netflix.

No obstante, tampoco es lejano a México, debido a que es una situación que dichosamente ha ocurrido con anterioridad y sigue presente en la actualidad. A todos nos encanta ver series de televisión o películas donde tenemos a un villano carismático, rudo y que no le tiembla el pulso a la hora de ejecutar a quien tenga delante. Además, de que los hijos hereden el negocio familiar, como es el caso de El Chapo Guzmán y sus hijos. Pero tristemente, la realidad no dista de la ficción.

Esto está llevando a que las siguientes generaciones tienen mayor propensión hacia el uso de la violencia y que sean fieles a sus progenitores. Todos les ofrecerá respeto absoluto por ser quienes son y en quienes se convertirán. Sin embargo, no son meramente herederos de la corona. Como ha pasado en otros grupos de crimen organizado, dícese de la CAM en la Macrozona Sur. Los hijos del líder Héctor Llaitul, muestran mayor iniciativa para obtener financiación y mayor capacidad para obtener beneficios en su financiación. No dejemos de lado, que son jóvenes y con nuevas ideas.

Por otro lado, lo que estamos viendo es una mutación del origen de cada agrupación, donde están adaptando estrategias militares de diferentes organizaciones terroristas a su Modus Operandi. Este tipo de actuación, refleja que su objetivo principal, es decir, el beneficio económico ha pasado a un interés político y social donde quiere reflejar poder en su zona de operación.

Que mejor que atentar contra la sociedad y contra otros carteles de la zona. Latinoamérica está siendo el caldo de cultivo que está favoreciendo la delincuencia transnacional debido a que están presentes entornos criminógenos y marginales, los cuales, presentan peculiaridades como gobiernos débiles y frágiles, corrupción, conflictos armados, heterogeneidad étnica, subdesarrollo económico, entre otros.

Si añadimos estos ingredientes al uso de tácticas terroristas con una finalidad operacional, es decir, fines políticos para generar un impacto en el orden social y político. Debemos añadir, el uso de la violencia extrema para tener el poder en su región, ya sea el Cartel de Sinaloa o Jalisco Nueva Generación, donde están en una continua búsqueda de control y sumisión. Lo peor de todo es que esta guerrilla de bandas y criminales, genera no únicamente la muerte de soldados, sino el asesinato de policías y militares e incluso los propios civiles.

El Gobierno deberá aceptar en algún momento que las medidas de seguridad están siendo insuficientes a nivel táctico y preventivo. Que la inseguridad ciudadana ha pasado a ser un conflicto bélico y que estas han convertido a gente inocente en victimas que no decidieron morir. Como fueron las miles de víctimas de homicidio durante la época sanguinaria que estuvo operativo el Cartel de Medellín; la alcadesa de Temixco en 2016, Gisela Mota; las personas asesinadas por los Zetas en Playa del Carmen y Cancún en 2017; la que fue alcaldesa de Tiquicheo de Nicolás Romero, María Santos Gorrostieta Salazar; y así, uno infinito de muertes.

Estamos ante un fenómeno de poder y control que está centrado en la prolongación en el tiempo. Esto es una guerra de desgaste que durará toda la vida, pero que puede estar controlado como en las diferentes sociedades avanzadas que también sufren la delincuencia, pero que está controlada por el uso de Inteligencia y una Policía entrenada en el uso táctico y preventivo. Además, cuentan con los recursos necesarios para poder enfrentar el crimen organizado. Por lo que el Gobierno tiene la obligación de formar a sus policías y militares para que puedan realizar su trabajo, que es defender los derechos y libertades de los ciudadanos.

Del mismo modo, trabajar la prevención primaria para una rápida detección de la radicalización violenta de las nuevas horneadas de combatientes y reducir el riesgo. Por otro lado, usar contra narrativas que deslegitimicen la actuación de estos grupos narcoterroristas. Además, de llamar a las cosas por su nombre.

Para concluir, si la realidad nos está mostrando que la situación no está controlada, pedir ayuda a los aliados. Es evidente que no hay mayor ciego, que el que no quiere ver. Pero, sobre todo, el que no quiere asumir la realidad de la situación.

Como indicaba anteriormente, el libre albedrío de los narcotraficantes, las guerras campales y la muerte de inocentes, es el principal síntoma de un gobierno débil, desestructurado y desorganizado. Se refleja que esto les sobrepasa y no saben cómo pararlo. Así que deberíamos iniciar el próximo paso con un “hemos perdido la batalla, pero no hemos perdido la guerra”.

Cristian Rodríguez Jiménez

Criminólogo. Master en Perfilación Criminal y Psicología Forense. Delegado de CISEG en Chile. Coordinador Internacional en La Lupa. Analista en Conducta Criminal y Terrorismo.

Twitter: @crodriguez1888

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